Libertad, su señoría

stpmViernes31pm, 22 31UTC 08pm072007 31UTC 2007

  “Sujeto de alta peligrosidad”, “motochorro”,  “estafador”, “depravado”, “delincuente”,  “ladronzuelo”,  “ladrón”, “malviviente”. En el matutino del gobernador basta la sospecha de la policía o alguna pesquisa trascendida, para calificar así a hombres que aparecen en  sus  crónicas policiales con apellido y nombre completo.

   Son historias que se clausuran allí, con el nombre y su epíteto en letra de molde. Nunca se sabrá después en esas páginas si algún juez llegó a condenar a estos hombres casi anónimos y sin poder alguno o, acaso, terminó por absolverlos.  ¿Y su honra en estos casos?

  Redactadas a base de partes policiales más interesados en promover los “supuestos”  méritos de un oficial deseoso de ascenso, que a echar luz sobre el caso, de las crónicas nunca se podrá obtener datos precisos acerca de la inseguridad que padecen los salteños, pero al menos algunos podrán sentirse menos inseguros: después de todo, casi todos los malandras de sus páginas van a parar al calabozo.

  Pero es injusto atribuir al diario del primer mandatario el monopolio del  “ultraje que se hace al nombre, al honor de uno, con obras o palabras” o del “dicho contra razón y justicia”, eso que en mi diccionario se nombra como injuria.

  El año pasado, un pasquín de esos a los que va destinada alguna porción de la torta publicitaria provincial no dudó en calificar de “nazis” –en negro sobre papel rosa- a unos periodistas cuya única audacia había consistido en asociarse –y no precisamente para jugar al fulbo- sin pedir permiso en el Grand Bourg.

  Harto llamativo fue uno de los argumentos utilizados por el anónimo autor del editorial, que me perdone el término, para poner a esos periodistas en el mismo nivel que el primer responsable de la muerte de millones de personas en cámaras de gas: todos, dijo suelto de cuerpo, ¡coinciden en criticar a Romero!

   A más de dos años de iniciado el juicio del gobernador contra Sergio Poma, casi nada se sabe públicamente de los términos utilizados por el periodista que le dieron la excusa a la querella del mandatario. Si los hubo, están guardado bajo siete llaves.

   Serán tal vez razones decoro, ese decoro que no parece necesario tener para los hombres del “submundo”  de las páginas policiales. Mejor así. Aquellos epítetos de grueso calibre –nótese la precisión del término – que un mandado escribano habría tenido que escuchar y asentar en un oficio, serían lo menos significativo y, hay que decirlo, lo menos interesante  de lo que Poma hace y dice en su radio.

   Pero es que este juicio absurdo ha tenido la virtud –que este término también me perdone- de fijar la atención sobre lo más nimio, y echar sombras sobre lo más significativo y relevante de la tarea del periodista de FM Noticias: aquella que, sin pedir autorización ni esperar sobre alguno a cambio de silencio, ha consistido en decirle de frente sus verdades.

   Pero vamos a ser un poco más precisos. No sería del todo justo decir que el gobierno no acepta crítica alguna. Las puede aceptar hasta de buen modo, con un sólo requisito. el de aguardar una venia oficial, el de avisarle, y el de solicitarle una pauta que será otorgada de buen grado.

  Claro que el gobierno salteño tolera alguna crítica,  pero no precisamente aquella de quien no le debe, ni quiere deberle nada.

  Para todo gobernante que se pone como objetivo acumular, concentrar y extender su poder,  cualquier periodismo será aceptable –incluso aquel que injuria, difama y calumnia a sus propios funcionarios, pero que después negocia el aviso-  menos aquel que, mucho antes que asegurarse la pauta del mes, busca resguardar su autonomía.

 Pero en Salta es cada día más incomprensible que alguien renuncie a contar con el depósito en el cajero a fin de mes –que le permitirá algún día tener su preciada 4X4- sólo por preservar un bien tan lábil, pero tan humano, como la libertad de palabra. Aquellos que no lo comprenden, tampoco saben, o no quieren saberlo, que detrás del protector se esconde el amo.

  Acaso la denunciada magnitud del agravio al honor –de ese honor que no se le concede  a quien puede habitar a doscientos metros del Grand Bourg- sólo es el reverso de una política que destinó millones de pesos en los últimos años –millones es un decir, nunca quiso informar al respecto- sólo para que el gobierno se hiciera propaganda de sí mismo y, aún peor, sólo para auto ensalzar una imagen.

  Para eso era necesario hasta difundir las más irrelevantes prácticas periodísticas como un espectáculo ejemplar. “Sr. Gobernador, tarea cumplida, ¿no?”, le preguntaron en directo frente a las cámaras en la última apertura de las sesiones ordinarias de la Legislatura, durante una pseudo entrevista que, para completar, estaba enmarcada con una pseudo manifestación de apoyo al mandatario.

  De más está decirlo, si ese era el periodismo que había buscado construir, la querella caía de maduro.

   Alexis de Tocqueville decía, hace más de siglo y medio, que si bien la libertad proporciona a la larga comodidad y bienestar, lo que le ha hecho arraigar fuertemente en el corazón de los hombres ha sido su propio hechizo. “Es el placer de poder hablar, actuar, respirar sin temor, bajo el sólo gobierno de Dios y de las leyes. Quien busca en la libertad otra cosa que ella misma está hecho para servir”.

  Y, como si hoy mismo estuviera dirigiéndose a los salteños, luego se pregunta y se responde. “¿Qué les falta para ser libres? ¿Qué? El placer mismo de serlo. No me pidáis que analice este placer sublime; es necesario experimentarlo. Penetra por sí mismo en los grandes corazones que Dios ha preparado para recibirlo; los llena, los inflama. Hay que renunciar a hacerlo comprender a las almas mediocres que jamás lo han sentido.”

  ¿Querrá sentir ese placer, su señoría?

 


Tomás Abraham: “El kirchnerismo no tiene doctrina”.

stpmViernes31pm, 22 31UTC 08pm072007 31UTC 2007

Con el perdón de los filósofos, un periodista podría decir de Tomás Abraham que no se ha dedicado a la filosofía pura, sino a una filosofía con objeto periodístico. Cuando se lo entrevista no se tiene la impresión de que se está ante un sabio imposible de entender, sino con alguien que reflexiona con fluidez sobre los problemas políticos y económicos de la Argentina de hoy. La Universidad Nacional de Salta acaba de distinguirlo como profesor honorario. Lo presente y lo local –la política de la que ningún argentino puede evadirse, dice él- son sus centros de atención. Abraham no utiliza categorías filosóficas para escaparle el bulto a las definiciones políticas. No se le ven, tampoco, demasiadas citas debajo de la nariz. En una entrevista con Iruya.com ha dicho que el kirchnerismo no tiene doctrina, sino sólo sentido de la oportunidad para perpetuarse. Que en Venezuela hay un régimen militar que camina hacia una dictadura. Y que, si para Página 12 Cuba es un modelo, Verbitsky se vaya a hacer sus investigaciones allí. El autor de “El presente Absoluto” acaba de apoyar a Hermes Binner en Rosario y, si bien no es posible encuadrarlo en una ideología, en su lenguaje suelen aparecen valores modernos como trabajo, educación, bienestar y libertad. “Aquello, dice, en lo que toda la gente está de acuerdo”.

P- Es difícil ahora entender la política en Argentina. En Salta tenemos los partidos partidos en dos, con alianzas extrañas. A nivel nacional ocurre algo parecido. Pareciera que las categorías que teníamos en otras elecciones no nos sirven ahora para pensar y decidir….

R- Bueno, categorías parece demasiado fino. Pero no creo que sea más difícil ni más fácil, puede ser más cansador. Llega un momento en que uno pierde el interés. Que se dividan los partidos es comprensible porque son intereses. Lo difícil es la situación argentina. Vivimos en una situación muy crítica, complicada, que no responde a las aspiraciones que tenemos la mayoría de la gente. Todos queremos otra cosa y eso es muy complicado.

P- Pero da la impresión que los argentinos somos más afinados para describir nuestra insatisfacción, que para decir qué queremos.

R- Qué queremos es muy fácil. Todos queremos lo mismo. Hoy en día en el mundo no hay un problema ideológico porque el que se enfrenten sistemas de vida: que uno elija el trotskismo antiburocrático con una sociedad en asamblea permanente frente a otro que quiera la democracia liberal a la sueca, u otro el comunismo. Los bienes de la civilización son muy fáciles de enumerar: trabajo, educación, libertad. Lo que queremos no es difícil de saber, lo difícil es conseguirlo.

P- “Queremos las cosas de la clase media con la menor mezquindad posible”, dijo Ud. en una entrevista publicada en Ñ.

R- Que no es fácil. Para eso existe el Estado, para distribuir un poco lo que uno quiere acaparar. Pero en términos de educación, trabajo, lo que uno quiere para sus hijos y para sí en términos de bienestar y de posibilidades de creación no hay diferencias entre Singapur, Francia o Argentina. Uno ve una persona en la calle y es fácil que diga qué es lo que necesita o qué es lo que no quiere perder: libertad, seguridad, bienestar. Estamos todos más o menos de acuerdo.

P: Fernando Savater dijo hace poco en un artículo en El País, que a veces la izquierda puede ser tanto progresista como reaccionaria, lo mismo que la derecha ¿Qué es para Ud. ser progresista en Argentina?

R -Es más fácil verlo cuando hay un movimiento político. Por ejemplo en Santa Fe hay un político progresista (se refiere al socialista Hermes Binner): una persona que tiene valores clásicos de la Ilustración, la libertad, una cierta idea de justicia y equidad, del trabajo participativo de la gente, y al mismo tiempo un concepto muy claro de la gestión, de que se necesita una cierta eficiencia. La aceptación de un cierto funcionamiento de la competencia en la empresa privada, un cierto escepticismo respecto de dónde puede llegar el Estado.

Es decir que hay un acomodamiento de las posiciones clásicas de la izquierda con respecto a lo público, respecto a la crítica a la empresa privada y las corporaciones. Y al mismo tiempo hay un acomodamiento en el mundo de la derecha con respecto a sus clásicas nociones de orden y de status quo como para aceptar ciertos dinamismos. Hubo cambios en la llamada izquierda y cambios en la llamada derecha. Y hay una izquierda que no ha cambiado nada y una derecha que no ha cambiado nada. Entonces entre estos polos ha habido fisuras. De repente entre un Blair y un Sarkozy hay que hilar fino. En una contienda electoral europea pueden enfrentarse y muchas veces tienen lugares de enfrentamiento respecto a lo cultural, la inclusión de ciudadanos o la política de inmigración. Pero son enfrentamientos que se discuten, que no se hacen desde polos ideológicos intransigentes.

P- Cristina Fernández acaba de declararse hegeliana en el Congreso de Filosofía de San Juan… ¿Qué significado puede tener esto para la política local?

R- Fue una cuestión de etiqueta. Le escribieron ciertas líneas porque tenía que decir algo que tuviera que ver con la filosofía. Le dijeron que Hegel es un filósofo que se interesa por la historia. Y que un filósofo hegeliano está bien que le importe la sociedad y la historia en las que vive. Dijo hegeliana y después siguió de largo. No tiene importancia nada de lo que diga en un Congreso de Filosofía.

P- Pero Cristina Fernández se presenta como de izquierda. Al menos es el halo con el que ha realizado su viaje a España….

R- Los políticos en general no tienen doctrina, no tienen teoría, ni ideología. Tienen sentido de la oportunidad. No hay que buscarle un autor, una filosofía, una doctrina: cambian todos los días, se visten con lo que hay y para lo que les sirve. Del kirchnerismo no podemos decir que es de izquierda o de derecha porque no le cabe. Se acomodaron al 2003 como Menem se acomodó a 1990. Se acomodaron tomando de derecha o de izquierda, de centro, de atrás y adelante, de todas partes. De Vido y Bonafini, un poquito de aquí y otro de allá y construyeron un espacio para poder perdurar. Porque aquí el problema de los gobiernos, más allá de si toman de De Vido, Bonafini o Carlotto, Alberto Fernández o Cavallo, es perdurar. Lo que les importa es qué alianza van a hacer para perdurar: con Moyano, con De Genaro… Encontraron la manera de perdurar gracias a que en 2003 aumentaron todas las materias primas y al default que se había hecho antes. Pero no venían con una ideología desde antes que los haya hecho abrazar con Bonafini. Se han encontrado. No tienen doctrina.

P-¿Dice lo mismo de toda la clase política argentina?

R- Hay excepciones. Hay gente con una cierta trayectoria en donde el sentido de la oportunidad depende también de los límites de ciertos principios.

P- Acabamos de tener una segunda visita de Chávez. Estoy monotemático, pero ¿usted lo considera de izquierda?

R- Chávez es un militar con algo nacionalista, creo. Lo que pasó en Venezuela hasta Chávez fue un desastre. La crisis de los partidos políticos y la descomposición del sistema republicano es un hecho, el vaciamiento del país. Hay que entender un poco la procedencia de Chávez.

Pero creo que Chávez mucho bien no le hace a América latina, porque es un callejón sin salida. Su discurso antiimperialista, por ejemplo: es lo mismo que Blair se hubiera pasado todo el tiempo hablando de lo que hizo EEUU para ganarle a Hitler la segunda guerra mundial y por eso todo el mundo le debe. Bueno, pero eso ya pasó. El mundo no es el mismo. Estar hablando todo el tiempo que los norteamericanos invadieron Centroamérica como para levantar el ánimo de las masas: hay que ver pasa ahora.

En Venezuela lo que hay ahora es un régimen militar y un enriquecimiento de una nueva clase social, una casta mezclada con los militares, que no sé dónde va a llegar. Va a distribuir un poco de salud, educación y productos primarios entre toda la enorme masa de pobres que hay, pero no sé si van a dejar de ser pobres. Porque ese es el gran desafío que se tiene hoy en día con la economía mundial, con la tecnología: hay que dejar de ser pobres, no pobres con leche gratis.

Yo creo que va hacia una gran pobreza con leche gratis. Es un país con una gran riqueza natural que va a subsistir y va a comprar armas. Pero no lo veo como una solución de progreso sino como un régimen que se está convirtiendo en una dictadura también.

P-Junto con Chávez viene también una exaltación de Cuba, compartida por tantos sectores de izquierda en Argentina. ¿Usted cree que Cuba es un modelo en Argentina?

R-¿Modelo? ¿Para qué?

P-No sé. Pero abro Página 12, por ejemplo, y pareciera que este es el modelo que se persigue hoy en Argentina.

R- ¿Y porqué no se van a Cuba si está tan bien? Que hagan Página 12 en Cuba. Que vaya Verbitsky a hacer allí sus investigaciones. Yo creo que una cosa es entender los límites del régimen cubano y con qué se enfrentó. Y otro justificar un régimen dictatorial que crea un enorme conformismo en la gente. Porque allá el Estado papá te vuelve hijo. Y que no haya discusión, no haya debate, vuelve tonta a la inteligencia. Eso no significa no reconocer ciertos logros del régimen en deporte, salud y ciencias médicas. Pero eso no es un modelo. Surgió por necesidad histórica y por la enorme presión que tienen ahí en frente.

P-Más allá lo de Cuba, su exhaltación siempre va a unida a un desprecio más o menos explícito hacia la iniciativa individual, a ciertas libertades, a la propiedad privada. ¿Se puede salir de la pobreza sin esos valores?

R- Por algo existió el siglo XX. Los sistemas colectivos de propiedad del Estado fueron un desastre para la gente. Andá preguntale a un polaco o a un ruso. Fueron un desastre desde el punto de vista humano, no sólo económico. Pero no hay un sistema programado, igual a sí mismo y para siempre: decir por ejemplo ahora sólo queda el capitalismo de libre empresa. Esto es dinámico. El mercado mundial está cambiando, ha cambiado mucho en los últimos 30 o 40 años. Hay problemas de socialización, como hay procesos de expansión de un mercado donde antes había un Estado. La civilización no cerró la canilla. Aparentemente lo que mejor funciona es que haya una propiedad privada. Pero hoy en día las empresas que están en la cúspide de la economía mundial son sociedades anónimas que tienen miles y miles de socios, donde hay una gran distribución de porcentajes de acciones que son absolutamente internacionalizadas, aunque también hay mayorías. Sociedades que tienen fusiones en forma permanente y que tienen tensiones permanentes con los Estados. No es que el Estado desaparece, porque hay cosas que pertenecen al espacio público. Alguien cobra los impuestos, no son las empresas, sino el Estado. Allí hay otra tensión, hay cobranza de impuestos, plata en negro, contrabando, presión impositva, hay distribución. Entonces la relación entre lo privado y lo público no se puede eliminar por un mero asunto de inteligencia y creatividad. Que uno pueda hacer algo, inventándolo y que no lo maneje la burocracia. Porque la burocracia se convierten en una casta que arruinan al resto de la sociedad civil.

P-El jefe de campaña de Macri dijo que su candidato había acertado porque en la campaña transmitió un sentimiento y no se puso a expresar ideas. ¿Eso es bueno?

R- ¿Y Scioli que va a ganar la provincia de Buenos Aires sin hablar? Sin pensar, eso ya lo sabíamos, pero ¡sin hablar! Hay una construcción del candidato: deportista, sufrido físicamente, amable, no polémico, que no va al choque, que quiere dialogar con los vecinos, buena persona, que se casó con una modelo: es todo tan vacío que eso resalta. Pero lo más extraño no es que personajes así sean candidatos, sino que no tengan a nadie en frente. En la provincia de Buenos Aires, que tiene 15 millones de habitantes y es el centro político del país, no se le enfrenta nadie. Ahora aparece un señor que no es político, como Blumberg, pero no hay un discurso de confrontación, de alternativa. Entonces Scioli está solo sin hablar. Que de 15 millones de habitantes no surja un trabajo político, una discusión política fuerte, habla de una cierta crisis política.

P-¿Es que no hay demasiado pensamiento político en Argentina?

R- El pensamiento político está enfocado en la solución de problemas bien concretos. La estrategia a mediano plazo no está muy pensada: una cierta idea de Estado, de nación, porque los gobiernos son sumamente débiles. Lo que pasó en 1989 y 2001 sigue pasando. La crisis no terminó. Quienes ocupan el aparato gubernamental del Estado son cuatro gatos locos que se pueden ir en cualquier momento. Toda esta cosa de Kirchner es sumamente frágil: lo que pasa es que hizo algo muy bien hace dos o tres años favorecido por las circunstancias, pero no es fuerte. Depende de cuatro pactos que hizo, con Moyano, con la Unión Industrial, con algún movimiento piquetero y no lo sostiene nada. Si Cristina Kirchner quiere cambiar algo, no sé que va a pasar. Está todo atado con un hilo.

P- ¿Hay suficiente valoración de la democracia en la Argentina, de la democracia como sistema?

R- No tenemos una tradición de cuidado con las instituciones republicanos como Chile después de Pinochet y Uruguay. Al peronismo que es la base de nuestra matriz política, -tuvimos 70 años de peronismo- le ha importado poco la democracia política, republicana. Lo que pasó en 2001 o cómo funciona el Congreso ahora muestra que, si bien se habla todo el tiempo de las instituciones, no nos hemos comprometido pensando que eso es importante. Pensamos que lo importante viene por otro lado.

P-Si hay que pensar la política local, elegiría en especial a algún pensador ….

R-Hoy en día no tenemos una fuente de la cual todo emana. Hay que construir el pensamiento. Se construye con todo lo que uno elije. Y depende qué es lo que se busca. La historia argentina es importante para pensar nuestro presente. En ese sentido el mejor es Halperín Donghi. Pero lo que pasa es que el pensamiento que circula, no está enfocado para remediar los problemas de un país. Entonces hay que formar un pensamiento.

P- Un filósofo con mucho micrófono como José Feinmann repite muy a menudo que Sarmiento fue un asesino, aunque escritor genial. ¿Habrá que tirarlo por la borda?

R- Sarmiento es un hombre que nos queda demasiado grande. Argentina es chica con respecto a Sarmiento. Es uno de los hombres que más me interesa de la historia argentina . No sólo a mi. Un hombre así, una personalidad así, un escritor de ese talento, un presidente, un hombre con una visión política como la que el tenía es casi irrepetible. Enorme periodista, gran escritor, un gran pensador político, lleno de contradicciones y paradojas como todo hombre interesante. Así que tirar por la borda, no. Además nadie tira por la borda nada. No hay un pensamiento así. Los desafíos de la actualidad son muy complejos como para resolverlos en una descalificación, un esquema, una ideología, una demonización, o con echarle la culpa a una década, a un presidente o a un poder internacional. La actualidad es más complicada, pero eso es lo que la hace interesante y rica.


¿Un nuevo apartheid?

stpmViernes31pm, 22 31UTC 08pm072007 31UTC 2007

  Aplaudimos la lucha de Nelson Mandela que terminó con un régimen que había conseguido discriminar la población sudafricana en guetos, pero en la Argentina ahora estamos ensayando un nuevo paso de cangrejo.

  Hasta donde uno ha podido enterarse, si el ahora viejo líder hubiera clamado en sus más combativos años  a favor de un trato “diferente” hacia los negros y a los mestizos, tal vez no hubiera tenido que pasar 18 años en la cárcel. Pero no, tuvo la osadía de pensar que los negros tenían los mismos derechos que los blancos.  Quienes se consideraban blancos no podían tolerarlo.

   Pero en esta parte del planeta estamos dando vuelta entera el concepto de discriminación.  En la Corte de Justicia de Salta, entre los asesores del gobierno nacional o provincial, entre columnistas de matutinos independientes y no tanto, se elevan las voces que claman por un trato diferente hacia los aborígenes.

“Desde mi punto de vista –escribió la abogada Teodora Zamudio en El Tribuno- cada pueblo tiene el derecho de regular su conducta de acuerdo a sus usos y costumbres, igual que nosotros. Y no se trata de un desmembramiento de la soberanía nacional sino de pluralismo”.

  Está en claro que para Zamudio los pueblos  tienen derecho, pero no los individuos de carne y hueso. La niña de doce años con la que mantuvo relaciones sexuales su padrastro no tiene derechos. Los tiene su cultura, en la que está encerrada como una caja. Para determinar si alguien le ha perjudicado, le ha hecho un daño, tendríamos que entender su cultura. Esta es la que tiene la primacía, no la niña.

  “Igual que nosotros”, dice Zamudio. Perdón por mi ignorancia ¿Quién es ese colectivo al que ella dice pertenecer? De todos modos, se ha hecho una costumbre entre nuestros funcionarios aprovechar el puesto para enriquecerse. No sólo hay bolsas con dinero en los baños privados del ministerio de Economía.  ¿Bastará que sea un uso y costumbre bien argentino para que sea convertido en ley?

   Tendrán los wichi, según Zamudio, que tener “sus”  leyes propias, pero para ser coherentes, también sus propias escuelas. Los criollos también  tendrán sus escuelas aparte, lo mismo que los descendientes de inmigrantes. Pero tal vez haya que ser, en este punto, algo más discriminadores. Tendría que haber escuelas de descendientes de italianos, de descendientes de bolivianos y descendientes de españoles.

   ¡No! Habría que diferenciar mejor: El ministro Filmus debería crear escuelas especiales para los gallegos, otras para los andaluces, otras para los vascos (ETA podría enojarse). Y así. Al fin de cuentas, cada pueblo tiene también derecho a tener su propia educación. ¡Eso sí que sería pluralismo!

    En pos del respeto por las diferencias de los pueblos habría que crear también clubes especiales y sistemas de transportes especiales para cada  uno de los pueblos.

    Cuesta, aunque no tanto, entender que un diario que el año pasado había acusado a los aborígenes del Chaco salteños de querer segregarse en un territorio soberano, ahora parezca favorecer su segregación legal. Zamudio no es columnista del diario, pero ¿en sus editoriales ha dicho algo para refutarla?

    De todos modos, no está lejos del pensamiento de los propietarios del matutino. Hace un para de años, el gobernador Juan Carlos Romero apareció en sus páginas recibiendo a dirigentes kollas y dando su apoyo a la creación de una universidad kolla. Universidad de españoles, universidad de gallegos, universidad de vascos, y así. A muchos les encanta lucir ese lenguaje bonito pero, ¿quién se hace cargo del espanto que auguran?

    Así los funcionarios, los académicos, los periodistas, se venden con la prestigiosa etiqueta del multiculturalismo. Si, pese a su ambigüedades,  hay que usar ese lenguaje me quedo con lo que Marc Augé escribió en un artículo publicado en La Nación. “El multiculturalismo … no debería ser definido como la coexistencia de culturas mónadas decretadas iguales en cuanto a su dignidad, sino como la posibilidad, ofrecida constantemente a los individuos, de atravesar universos culturales diferentes”.

   Dijo también Zamudio que juzgar las conductas según las pautas culturales de cada pueblo sería coherente con el “derecho a la identidad de los pueblos originarios que hemos incorporado a la Constitución Nacional”. Así que los argentinos hemos creado una Constitución no para fundamentar un ordenamiento jurídico igualitario para todos, sino simplemente para decir:  ¡Que cada tribu haga su propia ley!

   Definitivamente será mejor que a Mandela nunca se le ocurra venir a la Argentina. Es posible que vuelva otros 18 años a la cárcel.


Feinmann, o la filosofía autoritaria argentina

thpmMartes30pm, 22 26UTC 06pm072007 26UTC 2007

“Nada es tan miserable como el soberbio desdén de la mayor parte de nuestros contemporáneos hacia las cuestiones de las formas”. Alexis de Tocqueville

 

Un colectivo lleva en algún año de los 60 a José Pablo Feinmann hacia la Facultad de Filosofía de Buenos Aires. Repentinamente inspirado, José Pablo se da cuenta de que siempre ha estado leyendo a Hegel, a Husserl, a Heidegger y le pregunta a un acompañante, en medio de los bocinazos y frenazos del bondi: “¿Alguien hizo filosofía en este país?”

La respuesta no le interesó, pero su pregunta le despierta  a él mismo un “imperativo moral”, según narra en el prólogo de la edición 1996 de su libro “Filosofía y Nación”: “¿No debíamos, ya que éramos estudiantes argentinos de filosofía, preguntarnos por la existencia de una filosofía propia?”

Además de respaldarse en la extraña idea de que los argentinos sólo deberían filosofar desde y sobre su historia particular, la pregunta incubaba un anhelo menos explícito del joven: el de convertirse alguna vez en el filósofo nacional,  un filósofo tal vez tan argentino como el colectivo en el que viajaba.

Amigo personal de Cristina Kirchner –la aspirante a sucesora descubrió en sus palabras el concepto de la “otredad” según contó alguna vez al diario El País- y filósofo preferido del matrimonio gobernante según lo han presentado medios oficialistas, a Feinmann le llegó su hora en 2003.

Hace unos días el gobierno le puso hace el micrófono en un coloquio  que se preguntó cómo recuperar la cultura del trabajo. Allí, haciendo filosofía argentina tal como había soñado cuarenta años antes, dijo que “la clase media ha recuperado su nivel de fascismo”.

Y renglón seguido, en un tono “provocativo” según se ocupó de consignar un redactor de Página 12, agregó que “si hay guita para los pobres, las instituciones no me importan mucho”, sin mentar que la  misma frase podría haber sido utilizada alguna vez por el propio Benito Mussolini, hombre del que también Juan Domingo Perón tomó algunas lecciones.

Como nadie se convierte en filósofo nacional si no es perseguido, el simple hecho de que una agencia de noticias lo haya presentado después como “filósofo kirchnerista” generó en Feinmann un gran sentimiento de indignación por la persecución de los medios y un artículo suyo en Página 12 titulado “Las instituciones y el hambre” .

Allí, además de monopolizar el sentimiento de indignación ante el “hambre” y de afirmar que quienes lo critican no sólo están a favor del hambre sino que también  son asesinos,  defiende su tal vez más argentina tesis filosófica: en la Argentina sólo los autoritarios hicieron algo por los pobres. .

Así, el “personalista y autoritario”  de Rosas fue  uno de los muy pocos gobiernos, “que le dieron algo al pueblo en este país”. (la cursiva es mía, pero las palabras son de Feinmann).

Renglón abajo, después de decir que no puede estar con Rosas por el deterioro de las instituciones y de apoyarlo por igual motivo, asevera que el general: “les dio de comer a las clases bajas”.

Perón también, “con un esquema autoritario, verticalista, agresivo… le dio al pueblo lo que nunca había tenido y lo que nunca jamás habría de tener”.

Riguroso filósofo inductivo, Feinmann concluye que,  “como vemos, los gobiernos que le dieron algo al bajo pueblo fueron autoritarios” y, rasgo menor, debilitaron las instituciones.

Reina la fatalidad en el país que piensa el filósofo nacional: allí los pobres nunca podrán dejar de ser pobres. De allí que sueñe con gobiernos que tan sólo para poder seguir “dándoles algo”  pretenden quedarse indefinidamente en el poder: como el de Rosas, el de Perón.

Su admirado Chávez acaba de decir, en efecto, que Castro le ha dicho que sin él, la revolución se muere. Chávez se pretende un imprescindible de los pobres de Latinoamérica: los pobres seguirán irremediablemente pobres, pero al menos tendrán a Chávez que los defienda.

Pero también, según el pensamiento del filósofo rioplatense,  los pobres nunca deberían dejar de serlo: si acaso uno de ellos llega a arañar la categoría de clase media, es posible que se vuelva fascista y hasta asesino. Acaba de decir que los que votaron a Macri están pidiendo varios muertos. Es mejor, para el filósofo preferido de los Kirchner, que sigan recibiendo algo de su caudillo.

Así, debajo de la cháchara ruidosa de la que dispone Feinmann, más efectiva para ganarse la admiración de un cronista de Página 12 que para ayudar a comprender los problemas de la Argentina de hoy,  se esconde un pensamiento no sólo inmovilista y conservador –los oligarcas siempre serán oligarcas y los pobres, pobres- sino también autoritario.

Pero no es cierto, como trata de hacernos convencer nuestro filósofo, que sean los ricos quienes sufren el autoritarismo de Kirchner, o lo hayan sufrido de Perón o de Rosas. Los ricos son, en realidad, los que en más condiciones  de evitar –y hasta de reírse- de sus retos y sus atrilazos.

Ahora bien, filósofo Feinmann, ¿cómo puede escapar al autoritarismo político un hombre cuya supervivencia depende de que el gobierno “le de algo”? ¿Cómo dice que no, cómo escapa a las órdenes, como puede siquiera pensar libremente si siempre tiene que estar haciendo fila y esperando que “le den algo”? ¿No se esconden los tiranos detrás de los grandes benefactores?

Las instituciones no son un privilegio de los ricos, como usted insinúa, sino una condición para que el poder, incluso el que se presenta como benefactor- no termine anulando a los más débiles.

 “El inconveniente que los hombres democráticos encuentran en las formas es lo que las hace más útiles a la libertad; su mérito principal consiste en servir de barrera entre el fuerte y el débil, el gobernante y el gobernado, y retardar al uno y dar al otro el tiempo de reconocerse. Las formas son más necesarias a medida que el soberano es más activo y poderoso, y los particulares más indolentes y débiles”, dijo Tocqueville en “La democracia en América”

Tenía razón. Qué miserable es el soberbio desdén por las instituciones.


El cuchillo moto de Wayar

thpmMartes30pm, 22 26UTC 06pm072007 26UTC 2007

En la Argentina es muy frecuente ver políticos, periodistas y escritores acercarse a la historia blandiendo en la mano el filosísimo cuchillo que usa el carnicero cuando el cliente le pide que la tapa de asado no tenga grasa por favor.  Si el hombre del mostrador no tiene órdenes en contrario de sus jefes del súper, con unos pocos y rápidos pases deja la carne limpia y roja, lista para el asador.

  Nadie la había pedido a Néstor Kirchner que separe la grasa de la carne, pero el hombre se empeña en el oficio. Con un solo tajo acaba de separar la sabrosa carne del 2003 en adelante –esto es lo que se empeña en vendernos- de la grasa indigesta de los 90.

   El hombre del atril -o del mostrador en este caso- ejerce el oficio justamente desde el 2003, respaldado por un grupo de ayudantes de Página 12 que desde hace años pretenden haber dejado bien rojo el matambre,  incluso al que le gusta cultivar el placer de comerlo jugoso.

 Cada vez que acababan su tarea el carnicero y sus ayudantes mostraban, orgullosos,  toda la grasa que le habían sacado al asado: no había en la mercadería que metían en la bolsa ni Menem ni, por su puesto, su ex compañero de fórmula Juan Carlos Romero.

  En ocasiones “el Página” se enseñaba con nuestro gobernador y su ahora aspirante a sucesor y no perdía ocasión para descartarles como dignos representantes de los 90.  Cantarero y su Virgen del Cerro, los cortes de ruta en el Norte y los muertos de la represión, la venta de la reserva de Pizarro: todo era ocasión para que el filoso cuchillo de sus columnistas descarten a Romero y su vice,  y los destine a su único destino posible: el fuego para convertirlos en “jugo bovino”.

  El jefe del mostrador sigue aún con su obsesión por ofrecer la tapa de asado libre de grasa, pero desde hace unos meses los redactores de Página 12 parecen no tener entusiasmo por el oficio: ya no  se acuerdan  de la Virgen de Cantarero, ni de la venta de la reserva, ni de la absurda represión sobre los maestros en 2005.

  ¿Qué nos estarán metiendo en la bolsa?

   Quisquillosos clientes que escrutan con ojo de águila la tapa durante varios minutos antes de aceptarla  han comenzado a preguntar si el cuchillo oficial no deja de lado esa materia indeseable que apagará la brasa: que si Alberto Fernández no fue funcionario de Menem y legislador por la “Acción por la República” de Cavallo, que si el inteligente Filmus no fue jefe de asesores de la Decibe de Menem, que ¡si al propio Kirchner no le gustaba la grasa y cuando gobernador  no se deshacía en elogios hacia su presidente Menem y hasta apoyaba la privatización de YPF!

  En fin, siempre habrá clientes y clientes: los que pidan la carne roja, pero acepten lo que le diga el carnicero y los que quieran la carne roja pero que no le creen tan fácilmente al despachante;  los que no sean tan puristas y quieran el matambre con su juguito; o incluso, los que no crean que se pueda separar tan limpiamente la carne de la grasa y presten más atención a si está blanda o está dura.

 También es cierto que hay carniceros y carniceros. Así como los hay que se ufanan de hacer desparecer cualquier rastro amarillo hasta del mismo puchero, los hay ahora que dicen, sin que se les mueva un pelo, que la grasa y la carne han nacido juntas y tienen que seguir cocinarse juntas.  

Walter Wayar acaba de decir a Iruya.com, después como elogiando por partes iguales a la grasa y a la carne: “ El peronismo es uno: el de Perón y Eva Perón. Perón tenía una visión tan avanzada en su tiempo, y un marco tan amplio, que en ese peronismo puede existir de acuerdo al contexto el peronismo de Menem y el peronismo de Kirchner”.  Pero a lo mejor no lo cree del todo y  es que sólo que tiene un cuchillo moto.

 


La revista de Ruberto

thpmMartes30pm, 22 26UTC 06pm072007 26UTC 2007

Ruberto, que así es su primer apellido según consta en la letra chica, inicia su editorial agradeciendo, en primer lugar, “la oportunidad de estar con ustedes a través de esta publicación para poder comentarles y compartir mi pensamiento en relación a qué son y qué significan las Políticas Públicas Sociales Municipales”.

Y es como si el colega José hubiera hecho una vaquita para asar alguna carne y a la hora de los bifes dijera solemnemente a los que pusieron los diez mangos. “Gracias por haberme dado la oportunidad de publicar mi revistita para promocionar mi bella cara y mi pensamiento extraordinario”. Y de la pitanza, nada de nada.

Yo había puesto en la vaquita municipal, pero este funcionario utilizó el dinero para darse lustre y hacer campaña. ¡Y encima me lo agradece!

Para hacer la revista del municipio, Ruberto o, según prefiere llamarse en la campaña,  Gustavo Saenz, ha empezado gastando largamente en fotógrafo.

Nueve fotos suyas –incluida tapa y contratapa- lo muestran en corbata, en camisa, con un micrófono en la mano, firmando resoluciones -o leyes, a juzgar por la solemne expresión que porta en el rostro-,  hablando a jóvenes o escuchándolos: en fin, un tipazo que se las trae.

El pobre intendente aparece sólo en cinco, a veces mirando despeinado lo que hace Saenz, otras escuchándolo. La más agraciada de sus imágenes sea tal vez aquella en la que apenas se lo reconoce debajo de las plumas de un disfraz de carnaval.

Obviamente, don Ruberto es el protagonista. Es casi un Moisés del pueblo salteño. Véase, si no, el pomposo título de tapa. “Está en marcha (colgado) LA GRAN GESTA MUNICIPAL (título). Y por si quedara alguna duda de quién encabeza semejante proeza, el nombre de Gustavo Saenz es el primero que sigue al titulazo.

No podían faltar  los tonos rojos y negros, las aureolas blancas resaltando las caras (¿Isa y Ruberto han llegado ya a la santidad y Ratzinger no se ha enterado todavía?) y la infaltable bandera salteña flameando debajo de alguna de las impresionantes acciones del secretario de Gobierno.

Si, ante semejante despliegue de propaganda y mal gusto, el contribuyente todavía tiene ánimos de leer la revista y da vuelta la tapa, se encontrará de un lado con un “aviso” a toda página del sitio de Gustavo Saenz, cuyo nombre cruza vertical y horizontalmente el chivo. Obviamente todo el mundo se conecta, tal parece ser el mensaje del globo terráqueo que lo ilustra.

De todos modos, el desasosiego debe ser también mundial: el único mensaje del sitio de Ruberto es: “Pronto!!!”.

Así que hay que leer, del otro lado,  el editorial para enterarse del pensamiento del guía de la gran gesta. En una excepcional muestra de humildad, el funcionario dice allí que “una de las decisiones más importantes que el intendente ha tomado en este sentido (se refiere a las políticas sociales) ha sido la de encaminar gran parte de las acciones hacia el área por mí conducida”.

Estuvo excelente Isa al elegir a Ruberto, en especial por “el cariño inclaudicable que sentimos hacia el vecino”, tal como hace alarde un párrafo abajo, y porque, además, está dispuesto a cumplir sus objetivos “cueste lo que cueste, más allá del esfuerzo imaginable”.

El vecino puede quedar pasmado ante semejantes declaraciones. Tanto lo quiere este funcionario, parece, que está dispuesto a utilizar los fondos municipales, hayan costado lo que hayan costado a los contribuyentes, para publicar esta revista que sólo con un esfuerzo inimaginable puede leerse sin una mezcla de pena, risa e indignación.

Pero el hombre se ríe en la contratapa, como satisfecho de lo que acaba de publicar, a costa de sus queridos vecinos. Se ha hecho poner de nuevo una aureola en torno a su figura: debe estar convencido de que ha recibido una misión divina.  De nuevo la bandera salteña, los rojos y los negros: también ha de creer que encarna el destino de la tierra. Y otra vez su nombre, repetido ya hasta el hartazgo.

¿Esto nos merecíamos los salteños?

 

 


La revolución de Chávez ya llega a los medios

thpmMartes30pm, 22 26UTC 06pm072007 26UTC 2007

Si,  aprendices de revolucionarios bolivarianos, sacáramos todas las conclusiones de las afirmaciones de Diego Olivera en su  artículo “El control de los monopolios empresariales” publicado en Saltalibre  tendríamos mucho por hacer en Argentina:  por empezar, solicitarle al presidente Kirchner que clausure el diario La Nación, uno de los “grandes grupos argentinos” de “propiedad de Matilde Noble Mitre de Saguier en un 66%” y en un “10% de Bartolomé Mitre”.

Deberíamos también, con el simple argumento de que “todas las naciones del mundo regulan, de una u otra manera, las concesiones para radios y televisoras”, solicitarle a nuestros bolivarianos argentinos que retiren la licencia de “la poderosa cadena de Telefé, … controlada por Editorial Atlántida del Grupo de la familia Vigil y por New Corporation del empresario australiano Rupert Murdoch”.

Todavía, sin embargo,  restaría pedir castigos “al Grupo del diario Clarín, con inversiones en los países vecinos, encabezado Ernestina Herrera de Noble, Hector Horacio Magnetto, José Antonio Aranda y Lucio Rafael Pagliaro, y el 18% restante en manos del banco de inversión estadounidense Goldman Sachs”.

No importa que no estén por caducar sus licencias como RCTVE o que sean simplemente diarios que no las necesiten: contra todos esos medios se puede levantar el acta de acusación más contundente: se dedican a lucrar –espantoso verbo- y a difundir mensajes “bastante alejados de los intereses de los pueblos”.

Es posible que, si el gobierno argentino termina emulando a su admirado comandante Hugo Chávez,  los propietarios de los grandes medios comiencen a “reclamar por la libertad de prensa”. Se equivocarán de medio a medio: ya sin La Nación, sin Clarín, sin Telefé, pero también sin El País (del grupo PRISA),  sin Televisa, sin los medios de la red O’Globo – quedará  bien resguardado el derecho a la información de los latinoamericanos.

En Venezuela, claro está, ya lo garantiza el comandante: sus cada vez más extensos y destemplados discursos, su “Aló presidente”, rodeado de funcionarios puestos ahí para asentir y aplaudir las palabras de su jefe, brindan toda la información que necesita –y nada más que la que necesita- el pueblo venezolano.

Ya sabemos que cuando un comandante o un general –tanto da  el grado como que lleve bigote, barba o prefiera rasurarse- echa su discurso, hay que hacer silencio.  Y que como el general o el comandante no puede rebajarse diciendo “chist”,  ahí estarán los cabos y los sargentos amenazando con el “salto rana mar..” para que la tropa escuche atenta. El general, digo el comandante, siempre habla y hablará por treinta años más los mensajes que le interesan a los pueblos.

De todos modos, no hace falta tener un coraje especial para denunciar los “monopolios” de la información; hacerlo aquí en Salta no genera riesgo alguno y, en cambio, puede cubrir al que lo hace de cierto prestigio de progresista y posibilitar algunos pesos bolivarianos para estudiar en Caracas lo que hace la dictadura de los medios.

Dictadura algo insólita en Venezuela pues, pese a sus continuas operaciones de lavado de cerebro no ha conseguido evitar que el comandante se alce –elección tras elección- con más del 60% de los votos y sueñe ahora quedarse indefinidamente en el poder. Dictadura, de todos modos, que ha conseguido engañar al 40% de los venezolanos que no han apoyado a Chávez y que aún están colonizados mentalmente por el imperialismo yanqui. Ya se sabe lo que hay que hacer con ellos…(con los medios)

Llegará entonces el momento en que todos escucharán la voz del comandante, todos se afiliarán a su Partido Socialista Uniformado, digo Unificado, todos pensarán uniformemente, todos gritarán contra el imperio, todos votarán por Chávez, todos vestirán camisolas coloradas. En esto parecen haber acabado las románticas utopías de Galeano.

Todo serán soldados entonces, pero también un poco monjes pues nadie se dedicará a obtener lucro, en especial los medios que ya no ganarán dinero con  avisos de empresas privadas. Por el contrario, en adelante sólo recibirán avisos del gobierno. Se verá entonces qué libre será la opinión de esos medios dependientes de la generosidad del comandante.

“Aquellos cuyo pan está asegurado y que no viven del favor de los hombres que están en el poder, ni de ninguna corporación, ni del público, ésos no tienen nada que temer de una franca declaración de sus opiniones, si no es el ser maltratados en el pensamiento y con la palabra, y para esto no les es necesario gran heroísmo”.

La cita es del libro “Sobre la libertad” de John Stuart Mill, pero, viniendo de quien viene, hay que tomarla con mucho cuidado. Es posible haya dejado escrito ese pensamiento para reforzar el imperialismo anglo americano y someter a los pueblos latinoamericanos.

Por eso Chávez, habiendo tomado debida nota, hará lo contrario: los medios vivirán del favor de los hombres que están en el poder y en esas condiciones emitirán sus opiniones: a eso se le llamará en adelante “extensión de la libertad de expresión”.*

Subsidiados, becados, pagados, ayudados, solventados, asegurados por los dólares de Chávez,  por fin los medios podrán emitir mensajes concordantes con los intereses de los pueblos, y se liberarán de la influencia de la CNN y compañía. Tal la revolución socialista impulsada por el general, qué digo, el comandante.

 

 

 

  * ¿Porqué entonces protestar contra la práctica del gobierno provincial de saturar a los medios con avisos oficiales para que difundan “el orgullo de haber nacido en esta tierra”, el amor por la salteñidad y el recelo contra el puerto?

  


El eterno retorno de los candidatos

thpmMartes30pm, 22 26UTC 06pm072007 26UTC 2007

Habría, según ellos, no sólo que votarlos, sino solicitarles y hasta suplicarles que se queden:

Que se quede el gobernador, ahora con título de senador. Que se quede, apadrinado, el vicegobernador, con chapa de gobernador. Que se quede, atado a su banca, el diputado. Que se quede, muy leal, el intendente.

¡Que se queden todos!

Y que a nadie se le ocurra, irresponsablemente, invocar la palabra cambio. Desde ahora y hasta octubre con esas seis letras sólo se llamará a la traición, a la inexperiencia, a la confusión, al desorden, a la ignorancia, a la catástrofe, a la inestabilidad y a la inseguridad. Quienes la evoquen estarán abriendo, culpablemente, la caja de Pandora: allí dentro espera, como un fantasma, la peor de las Saltas posibles.

La palabra cambio sólo es admitida cuando no corre riesgo su permanencia en el poder. No bien tengan el cargo asegurado, el cambio volverá a ser deseable para los salteños.

Pero no nos apresuremos y vamos por partes. Los desleales, los traidores, los ingenuos, los inexpertos y los fracasados acechan. Es el tiempo de la prudencia. Por ahora, y hasta octubre, las palabras fetiche son Experiencia y Estabilidad. El mensaje es claro: son ellos quienes tienen experiencia, son por tanto, ellos quienes deberían estabilizarse en el poder.

Si desde hace más de una década ocupan el la banca o el sillón, deberían seguir ocupándolo por cuatro años más. Pero dentro de cuatro años el razonamiento deberá ser el mismo: nosotros tenemos experiencia, nosotros debemos quedarnos en el poder. Después de todo, Salta es la tierra de la tradición y estamos orgullos de que así lo sea.

Como a Melquisedec, habría que cantarles: ustedes son funcionarios para siempre, mediadores entre el Orden y los salteños.

Porque la ruptura de esa cadena mítica romperá con el orden de los salteños. En ese caso, nada ya estará sujeto y flotaremos en la nada, peor aún, en el caos, como en aquel tiempo primordial, mítico, en donde el Orden todavía no se había impuesto al Desorden.

Ahora no bien se invocan las nuevas y sagradas palabras de la Experiencia y la Estabilidad, desciende sobre nosotros, como una blanca paloma, la mejor de las Saltas posibles: y con ella la armonía, la tradición, el orgullo, la salteñidad, el trabajo, la lealtad, la seguridad y la acreditación en el cajero a fin de mes.

La Experiencia y la Estabilidad también tendrán, hasta octubre, una connotación inaugural: al paso de sus candidatos taumaturgos, las cintas se cortarán, las luces de las calles se encenderán, las calles se pavimentarán, los puentes se abrirán, los conflictos se resolverán y los salteños volverán a sentirse orgullosos de ser salteños al ritmo de una canción del Chaqueño.

Alguna vez lo aprenderemos. Esta sociedad no es nada sin ellos y tal vez la democracia, ese trámite electoral obligatorio, sea sólo una oportunidad cíclica para que lo recuerde.

Cada cuatro años, en efecto, los salteños sólo tenemos dos opciones: seguir bajo la protección de su autoridad mítica que le garantiza la armonía o aventurarnos con los arribistas, los inexpertos, los fracasados o los traidores.

Cada cuatro años, la sociedad no tiene tanto la oportunidad de ejercer el derecho cívico de elegir a sus gobernantes y a sus legisladores, como la de renovar sus votos de agradecimiento a quienes le dieron todo.

Cada cuatro años, debe elegir entre la seguridad de la lealtad y la ignominia de la traición.


El papel de la palabra

thpmMartes30pm, 22 26UTC 06pm072007 26UTC 2007

  Una revista cultural –la “Ñ”, de Clarín- titulaba el año pasado en una edición en homenaje al periodista Rodolfo Walsh algo así como “Palabras como tiros”. La metáfora, a mi juicio,  era desafortunada y sólo se justificaba por una especie de mitificación de la violencia en política. Si una metáfora descubre alguna relación entre dos objetos ¿Qué hay de común entre una palabra y un tiro?

 

  Sabemos, sin embargo,  que  hay palabras que tienen el exclusivo objetivo de quitarle el uso de la palabra –la palabra pública- al adversario.

  La “amenaza” –argumento de la fuerza-  y el argumento contra el hombre- son dos formas de coartar el uso la palabra de aquellos a quienes está dirigido el ataque.

  Si la amenaza tiene efecto, entonces la sociedad –aunque no lo note, o no se escandalice por ello- retrocede siglos, se convierte en un campo de batalla en donde los objetivos políticos sólo se logran por medio de  la fuerza o al menos por  la exhibición de una fuerza real o ficticia.

  En su libro Marta Ibáñez nos describe una sociedad violenta, la salteña del momento de la dictadura.

 

 “Es probable –dice la autora de “Enclaves político culturales en un periódico independiente”- que en Salta los debates entre los intelectuales no tomaran estado público ni trascendieran por restricciones de diversa índole –sociales, culturales, la falta de un medio para la difusión, la (auto)censura-, pero también porque el Proceso Militar sacude a un campo intelectual que estaba en expansión y donde se estaban consolidando abiertamente identidades políticas de signo diferente a las que habían dominado en una sociedad con residuos feudalistas y oligárquicos”.

 

  No había  debate durante el Proceso  porque en Salta –como en el resto de la Argentina-  la política se hacía fundamentalmente mediante el ejercicio de la violencia. Marta Ibañez describe esa violencia: la expulsión o denuncia de docentes, la desaparición de libros de la Biblioteca de Humanidades, la explosión de una bomba que forzó la salida del entonces rector, Holver Martínez Borelli  y, fuera del ámbito exclusivamente universitario, la desaparición de Miguel Ragone poco antes del golpe,  la masacre de Palomitas, luego.

  Cuando los tiros arrecian, se acaban las palabras, se cierran  los debates.

 

   No hay debates públicos en una sociedad en la que  predominen los feudos, las estratificaciones inconmovibles, los intereses de facciones, grupos estos que ven, en la libre expresión del pensamiento  y en el debate público de las ideas un primer e inaceptable cuestionamiento a la sociedad desigual de la que se benefician.

 

   Hay debates públicos cuando en una sociedad predomina la idea de que hay intereses comunes, no los hay cuando una sociedad se percibe dividida en castas irreductiblemente diferentes entre sí.

   El debate público tiende a democratizar la sociedad: a hacer percibir a sus integrantes que son, fundamentalmente, iguales.

 

   La descripción de  la violencia durante la dictadura militar sirve a Marta Ibáñez para resaltar la singularidad de una revista como Claves que, tras una década de gobiernos constitucionales, “forma y consolida una cultura política”.

 

  En su libro, el término política designa, según su propia definición “un espacio de intercambios discursivos donde los actores sociales que comparten un mismo horizonte de vivencias históricas, culturales pueden, transformar, influir, condicionar, ratificar a través del uso del lenguaje sus opiniones, expectativas, visiones”

  Política no elude, según lo define Ibañez, “el empleo del término como denominación de las ideologías partidistas o históricas”.

 

  En realidad, además de definir el término política, lo que Ibáñez está haciendo allí  es la descripción de lo que, a su juicio, hizo Claves durante el período que estudió.

   Para Marta Ibáñez, la revista fue un espacio en donde escritores, académicos, periodistas, que compartían un mismo horizonte cultural,  buscaron, mediante el ejercicio de la palabra, cambiar opiniones, expectativas de los miembros de la sociedad en que vivían.

    Si, como acertadamente Marta dice,  Claves formó una cultura política en Salta, no fue primeramente gracias a los contenidos de los artículos que publicaba, sino al hecho de haber generado un espacio y haber dado a muchos “interesados” en las cuestiones comunes la oportunidad de pensar y expresar su palabra.

  Me cuento, ocasionalmente,  entre uno de ellos.

 

   Incentivado por la lectura del libro uno se pregunta ¿cómo puede funcionar una sociedad si sus miembros no tienen el más mínimo deseo de pensar y debatir sobre cuestiones comunes? En tiempos democráticos como el que vivimos, lo más grave no son tanto las ocasionales censuras que puede ejercer un poder, sino el desinterés de los ciudadanos  por pensar y debatir.

 

En palabras de Marta Ibáñez, “la historia nos ha enseñado que el monocultivo empobrece hombres y tierras: la expoliación del pensamiento estrecha los horizontes de la cultura y despoja a los sujetos que la habitan de la capacidad más preciada: la libertad de pensar y de elegir, el desarrollo de una conciencia de su tiempo”.

 

  Agrego personalmente algo más: si bien es cierto que una sociedad desigual y estratificada puede ver en la libertad de pensamiento y en el debate público de ideas una amenaza a los privilegios, también es cierto que en una sociedad hipotéticamente igual  la libertad de pensamiento y de debate no son lujos prescindibles. No es lo mismo sociedad igual que despotismo. Tocqueville decía: la prensa es el instrumento democrático de la libertad.

 

   Dice también la autora de “En-claves políticos cultuales de un periódico independiente”, que la cultura política de la revista no excluye una postura ideológica partidaria o histórica.

    Creo que también Pedro González diría que aún no está del todo claro si la orientación peronista de la revista es una virtud  o… un defecto.

     Pero,  a pesar de una orientación tan explícita, Marta Ibáñez afirma que “una de las apuestas fundamentales del periódico consiste en la polifonía ideológica de los actores sociales que, desde diferentes prácticas sociales, fueron dibujando el rostro o los rostros de la Salta de los ´90, y en la pluralidad textual que apunta a la formación de una conciencia histórica”.

 

    Algún comentario al respecto. Por un lado una orientación política explícita es cosa que hay que reconocer: no es primariamente ni una virtud ni un defecto. Es algo necesario. Ya algunos estamos prescindiendo de los partidos para hacer política, no podemos cometer la locura de prescindir también, en nombre del pragmatismo,  de las ideas políticas.

   Una revista que dice cuáles son sus ideas políticas, pero que no se circunscribe a un exclusivo círculo de lectores partidarios está, efectivamente, fomentando una cultura política abierta, no facciosa, que ve en la diversidad –en este caso diversidad política, diversidad de ideas- no un peligro, sino una riqueza.

   Por otro lado, tomada una posición política, una revista como Claves, puede y creo que debe, abrirse a ideas y perspectivas diferentes que las propias. Esto no debería ser una adhesión abstracta a la apertura, sino un convencimiento de que incluso las posturas más firmes, más profundas de un medio, son estériles e insignificantes si no se contrastan, si no se comparan, con otras que circulen en la sociedad en la que se publica esa revista.

 

  Debe haber pocas cosas tan desalentadoras que un predicador solitario en una plaza pública. O un candidato echando su discurso ante un auditorio contratado para responder sólo con aclamaciones.

  Como cuando para hacer un fuego el hombre primitivo hacía rozar dos piedras, para que una idea tenga chispa, para que sea efectiva –y que no sea la exposición vana de un intelectual ni el monólogo de un político-, necesita rozarse con otras.

 

  Por otro lado,  es utópico pensar en la apertura total de un medio. Lo veamos desde el punto de vista de un lector. Los textos que lee en Claves son significativos en la medida en que, por un lado, expresan una posición política,  y por otro están abiertos a otras ideas no necesariamente subordinadas a ese ideario político.

  Sin embargo, ese lector encontraría ininteligible un medio que publique todos los artículos que le llegan, sin aplicar algún criterio de selección, tarea que, obviamente, significa exclusiones.

 

   El hecho de que Claves continúe siendo leída por muchísimos salteños después de más de una década de su aparición significa que la revista ha hecho una fructífera combinación de ideas políticas propias  y de apertura.

 

  Por otro lado es significativo que Marta Ibáñez haya encontrado el tema polémico de la tradición uno de los núcleos que el  periódico pone al descubierto no sólo en el ámbito literario.

  No sólo en el ámbito literario, sino también en el ámbito político, agregaría yo.

  La tradición se ha transformado en un concepto político, en una provincia donde, como describe muy bien la autora, “el gaucho salteño ha sido investido de un carácter ejemplar y se erige en modelo de identificación, depositario de la quintaesencia de lo salteño”,.

 

   No se puede formar una cultura política en Salta, si no se toma a la tradición y a las tradiciones como objeto de pensamiento, de reflexión, de debate.

   Un concepto restringido de la tradición tiende a hacer pensar a los salteños que “su” cultura tiene una raíz local, provinciana, y que lo que viene de un hipotético “afuera” es un añadido prescindible. La lectura de Claves tiende a hacer pensar al salteño, por el contrario, que “su” cultura es una herencia universal, que incluye, obviamente la tradición regional. No hay  en Claves, como lo sugiere Marta Ibáñez, una separación entre cultura salteña y una cultura universal.

 

   Por otro lado, el culto a la tradición ha sobre dimensionado el sentimiento del orgullo y la actitud de la lealtad, con lo que se tiende a acallar la actitud crítica. ¿Y qué cultura política puede formarse sin distanciamiento, sin crítica?

    Este culto a la Tradición asoció en Salta la idea de obras culturales con la de  monumento. Muchos salteños, por ejemplo, aspiramos a escribir un libro monumento, para “la memoria y el tiempo” como diría el personaje de un cuento de Borges. La “obra monumento” es aquella que sólo recibe culto, y que no está sometida a la crítica.

     El hecho de que Marta Ibáñez haya elegido como objeto de su reflexión una revista publicada en papel cada mes, nos está diciendo que la cultura no se construye tanto con libros monumento, con sonetos cincelados sobre el mármol, como quería ese personaje borgiano, sino con periódicos que, además de ejercer la crítica, están a si vez sometidos a la crítica.

   No es el elogio, la alabanza, lo que hace que un artículo, o una selección de artículos perduren en el tiempo, sino el hecho de ser leídos, pensados, juzgados, incluso descartados: esa tarea cotidiana que no tiene escenarios es fundamental para hacer cultura.

 

  Una ciudad crece cuando aumenta el número de sus voces, cuanto más se intercambian esas voces. Con esta “literatura menor” como se le ha llamado a los textos periodísticos, no destinada a una consagración canónica, sino a la mundana lectura y crítica, se construye una sociedad democrática. No tanto con las obras de grandes sabios destinadas a la veneración: este es el espacio que Marta Ibáñez ha visto en Claves.

 

   Este libro se publica en momentos en que en la provincia se ha largado una campaña electoral en la que, otra vez, parece que asistiremos al pobre espectáculo de discursos lanzados  por parte de candidatos que no tienen tanto la intención de expresar ideas, ni mucho menos de debatirlas, sino la explícita intención de demonizar, descalificar a un enemigo.

   La constancia, la persistencia de un medio cultural como Claves nos dice que, más acá de esos discursos de barricada, existe un incipiente debate en Salta sobre las cuestiones públicas que no está determinado por las urgencias electorales y que, por tanto, utiliza la palabra no para destruir a un tercero, sino para incluirlo en un debate que no puede cerrarse nunca.

   “En-Claves Politicos culturales en un periódico independiente”  nos dice que nos hizo falta Claves y nos seguirá haciendo falta. Pero nos dice también que nos hacen falta más revistas que, aunque tengan explícitas  y distintas posturas políticas, sean lo suficientemente abiertas para hacer rozar sus palabras con la de otros.

   Nos hacen falta también libros como “Enclaves políticos culturales” para seguir dándonos cuenta que una sociedad democrática sólo se construye con esa tarea de leer, pensar, opinar, escribir y debatir.