Feinmann, o la filosofía autoritaria argentina

thpmMartes30pm, 22 26UTC 06pm072007 26UTC 2007

“Nada es tan miserable como el soberbio desdén de la mayor parte de nuestros contemporáneos hacia las cuestiones de las formas”. Alexis de Tocqueville

 

Un colectivo lleva en algún año de los 60 a José Pablo Feinmann hacia la Facultad de Filosofía de Buenos Aires. Repentinamente inspirado, José Pablo se da cuenta de que siempre ha estado leyendo a Hegel, a Husserl, a Heidegger y le pregunta a un acompañante, en medio de los bocinazos y frenazos del bondi: “¿Alguien hizo filosofía en este país?”

La respuesta no le interesó, pero su pregunta le despierta  a él mismo un “imperativo moral”, según narra en el prólogo de la edición 1996 de su libro “Filosofía y Nación”: “¿No debíamos, ya que éramos estudiantes argentinos de filosofía, preguntarnos por la existencia de una filosofía propia?”

Además de respaldarse en la extraña idea de que los argentinos sólo deberían filosofar desde y sobre su historia particular, la pregunta incubaba un anhelo menos explícito del joven: el de convertirse alguna vez en el filósofo nacional,  un filósofo tal vez tan argentino como el colectivo en el que viajaba.

Amigo personal de Cristina Kirchner –la aspirante a sucesora descubrió en sus palabras el concepto de la “otredad” según contó alguna vez al diario El País- y filósofo preferido del matrimonio gobernante según lo han presentado medios oficialistas, a Feinmann le llegó su hora en 2003.

Hace unos días el gobierno le puso hace el micrófono en un coloquio  que se preguntó cómo recuperar la cultura del trabajo. Allí, haciendo filosofía argentina tal como había soñado cuarenta años antes, dijo que “la clase media ha recuperado su nivel de fascismo”.

Y renglón seguido, en un tono “provocativo” según se ocupó de consignar un redactor de Página 12, agregó que “si hay guita para los pobres, las instituciones no me importan mucho”, sin mentar que la  misma frase podría haber sido utilizada alguna vez por el propio Benito Mussolini, hombre del que también Juan Domingo Perón tomó algunas lecciones.

Como nadie se convierte en filósofo nacional si no es perseguido, el simple hecho de que una agencia de noticias lo haya presentado después como “filósofo kirchnerista” generó en Feinmann un gran sentimiento de indignación por la persecución de los medios y un artículo suyo en Página 12 titulado “Las instituciones y el hambre” .

Allí, además de monopolizar el sentimiento de indignación ante el “hambre” y de afirmar que quienes lo critican no sólo están a favor del hambre sino que también  son asesinos,  defiende su tal vez más argentina tesis filosófica: en la Argentina sólo los autoritarios hicieron algo por los pobres. .

Así, el “personalista y autoritario”  de Rosas fue  uno de los muy pocos gobiernos, “que le dieron algo al pueblo en este país”. (la cursiva es mía, pero las palabras son de Feinmann).

Renglón abajo, después de decir que no puede estar con Rosas por el deterioro de las instituciones y de apoyarlo por igual motivo, asevera que el general: “les dio de comer a las clases bajas”.

Perón también, “con un esquema autoritario, verticalista, agresivo… le dio al pueblo lo que nunca había tenido y lo que nunca jamás habría de tener”.

Riguroso filósofo inductivo, Feinmann concluye que,  “como vemos, los gobiernos que le dieron algo al bajo pueblo fueron autoritarios” y, rasgo menor, debilitaron las instituciones.

Reina la fatalidad en el país que piensa el filósofo nacional: allí los pobres nunca podrán dejar de ser pobres. De allí que sueñe con gobiernos que tan sólo para poder seguir “dándoles algo”  pretenden quedarse indefinidamente en el poder: como el de Rosas, el de Perón.

Su admirado Chávez acaba de decir, en efecto, que Castro le ha dicho que sin él, la revolución se muere. Chávez se pretende un imprescindible de los pobres de Latinoamérica: los pobres seguirán irremediablemente pobres, pero al menos tendrán a Chávez que los defienda.

Pero también, según el pensamiento del filósofo rioplatense,  los pobres nunca deberían dejar de serlo: si acaso uno de ellos llega a arañar la categoría de clase media, es posible que se vuelva fascista y hasta asesino. Acaba de decir que los que votaron a Macri están pidiendo varios muertos. Es mejor, para el filósofo preferido de los Kirchner, que sigan recibiendo algo de su caudillo.

Así, debajo de la cháchara ruidosa de la que dispone Feinmann, más efectiva para ganarse la admiración de un cronista de Página 12 que para ayudar a comprender los problemas de la Argentina de hoy,  se esconde un pensamiento no sólo inmovilista y conservador –los oligarcas siempre serán oligarcas y los pobres, pobres- sino también autoritario.

Pero no es cierto, como trata de hacernos convencer nuestro filósofo, que sean los ricos quienes sufren el autoritarismo de Kirchner, o lo hayan sufrido de Perón o de Rosas. Los ricos son, en realidad, los que en más condiciones  de evitar –y hasta de reírse- de sus retos y sus atrilazos.

Ahora bien, filósofo Feinmann, ¿cómo puede escapar al autoritarismo político un hombre cuya supervivencia depende de que el gobierno “le de algo”? ¿Cómo dice que no, cómo escapa a las órdenes, como puede siquiera pensar libremente si siempre tiene que estar haciendo fila y esperando que “le den algo”? ¿No se esconden los tiranos detrás de los grandes benefactores?

Las instituciones no son un privilegio de los ricos, como usted insinúa, sino una condición para que el poder, incluso el que se presenta como benefactor- no termine anulando a los más débiles.

 “El inconveniente que los hombres democráticos encuentran en las formas es lo que las hace más útiles a la libertad; su mérito principal consiste en servir de barrera entre el fuerte y el débil, el gobernante y el gobernado, y retardar al uno y dar al otro el tiempo de reconocerse. Las formas son más necesarias a medida que el soberano es más activo y poderoso, y los particulares más indolentes y débiles”, dijo Tocqueville en “La democracia en América”

Tenía razón. Qué miserable es el soberbio desdén por las instituciones.


El cuchillo moto de Wayar

thpmMartes30pm, 22 26UTC 06pm072007 26UTC 2007

En la Argentina es muy frecuente ver políticos, periodistas y escritores acercarse a la historia blandiendo en la mano el filosísimo cuchillo que usa el carnicero cuando el cliente le pide que la tapa de asado no tenga grasa por favor.  Si el hombre del mostrador no tiene órdenes en contrario de sus jefes del súper, con unos pocos y rápidos pases deja la carne limpia y roja, lista para el asador.

  Nadie la había pedido a Néstor Kirchner que separe la grasa de la carne, pero el hombre se empeña en el oficio. Con un solo tajo acaba de separar la sabrosa carne del 2003 en adelante –esto es lo que se empeña en vendernos- de la grasa indigesta de los 90.

   El hombre del atril -o del mostrador en este caso- ejerce el oficio justamente desde el 2003, respaldado por un grupo de ayudantes de Página 12 que desde hace años pretenden haber dejado bien rojo el matambre,  incluso al que le gusta cultivar el placer de comerlo jugoso.

 Cada vez que acababan su tarea el carnicero y sus ayudantes mostraban, orgullosos,  toda la grasa que le habían sacado al asado: no había en la mercadería que metían en la bolsa ni Menem ni, por su puesto, su ex compañero de fórmula Juan Carlos Romero.

  En ocasiones “el Página” se enseñaba con nuestro gobernador y su ahora aspirante a sucesor y no perdía ocasión para descartarles como dignos representantes de los 90.  Cantarero y su Virgen del Cerro, los cortes de ruta en el Norte y los muertos de la represión, la venta de la reserva de Pizarro: todo era ocasión para que el filoso cuchillo de sus columnistas descarten a Romero y su vice,  y los destine a su único destino posible: el fuego para convertirlos en “jugo bovino”.

  El jefe del mostrador sigue aún con su obsesión por ofrecer la tapa de asado libre de grasa, pero desde hace unos meses los redactores de Página 12 parecen no tener entusiasmo por el oficio: ya no  se acuerdan  de la Virgen de Cantarero, ni de la venta de la reserva, ni de la absurda represión sobre los maestros en 2005.

  ¿Qué nos estarán metiendo en la bolsa?

   Quisquillosos clientes que escrutan con ojo de águila la tapa durante varios minutos antes de aceptarla  han comenzado a preguntar si el cuchillo oficial no deja de lado esa materia indeseable que apagará la brasa: que si Alberto Fernández no fue funcionario de Menem y legislador por la “Acción por la República” de Cavallo, que si el inteligente Filmus no fue jefe de asesores de la Decibe de Menem, que ¡si al propio Kirchner no le gustaba la grasa y cuando gobernador  no se deshacía en elogios hacia su presidente Menem y hasta apoyaba la privatización de YPF!

  En fin, siempre habrá clientes y clientes: los que pidan la carne roja, pero acepten lo que le diga el carnicero y los que quieran la carne roja pero que no le creen tan fácilmente al despachante;  los que no sean tan puristas y quieran el matambre con su juguito; o incluso, los que no crean que se pueda separar tan limpiamente la carne de la grasa y presten más atención a si está blanda o está dura.

 También es cierto que hay carniceros y carniceros. Así como los hay que se ufanan de hacer desparecer cualquier rastro amarillo hasta del mismo puchero, los hay ahora que dicen, sin que se les mueva un pelo, que la grasa y la carne han nacido juntas y tienen que seguir cocinarse juntas.  

Walter Wayar acaba de decir a Iruya.com, después como elogiando por partes iguales a la grasa y a la carne: “ El peronismo es uno: el de Perón y Eva Perón. Perón tenía una visión tan avanzada en su tiempo, y un marco tan amplio, que en ese peronismo puede existir de acuerdo al contexto el peronismo de Menem y el peronismo de Kirchner”.  Pero a lo mejor no lo cree del todo y  es que sólo que tiene un cuchillo moto.

 


La revista de Ruberto

thpmMartes30pm, 22 26UTC 06pm072007 26UTC 2007

Ruberto, que así es su primer apellido según consta en la letra chica, inicia su editorial agradeciendo, en primer lugar, “la oportunidad de estar con ustedes a través de esta publicación para poder comentarles y compartir mi pensamiento en relación a qué son y qué significan las Políticas Públicas Sociales Municipales”.

Y es como si el colega José hubiera hecho una vaquita para asar alguna carne y a la hora de los bifes dijera solemnemente a los que pusieron los diez mangos. “Gracias por haberme dado la oportunidad de publicar mi revistita para promocionar mi bella cara y mi pensamiento extraordinario”. Y de la pitanza, nada de nada.

Yo había puesto en la vaquita municipal, pero este funcionario utilizó el dinero para darse lustre y hacer campaña. ¡Y encima me lo agradece!

Para hacer la revista del municipio, Ruberto o, según prefiere llamarse en la campaña,  Gustavo Saenz, ha empezado gastando largamente en fotógrafo.

Nueve fotos suyas –incluida tapa y contratapa- lo muestran en corbata, en camisa, con un micrófono en la mano, firmando resoluciones -o leyes, a juzgar por la solemne expresión que porta en el rostro-,  hablando a jóvenes o escuchándolos: en fin, un tipazo que se las trae.

El pobre intendente aparece sólo en cinco, a veces mirando despeinado lo que hace Saenz, otras escuchándolo. La más agraciada de sus imágenes sea tal vez aquella en la que apenas se lo reconoce debajo de las plumas de un disfraz de carnaval.

Obviamente, don Ruberto es el protagonista. Es casi un Moisés del pueblo salteño. Véase, si no, el pomposo título de tapa. “Está en marcha (colgado) LA GRAN GESTA MUNICIPAL (título). Y por si quedara alguna duda de quién encabeza semejante proeza, el nombre de Gustavo Saenz es el primero que sigue al titulazo.

No podían faltar  los tonos rojos y negros, las aureolas blancas resaltando las caras (¿Isa y Ruberto han llegado ya a la santidad y Ratzinger no se ha enterado todavía?) y la infaltable bandera salteña flameando debajo de alguna de las impresionantes acciones del secretario de Gobierno.

Si, ante semejante despliegue de propaganda y mal gusto, el contribuyente todavía tiene ánimos de leer la revista y da vuelta la tapa, se encontrará de un lado con un “aviso” a toda página del sitio de Gustavo Saenz, cuyo nombre cruza vertical y horizontalmente el chivo. Obviamente todo el mundo se conecta, tal parece ser el mensaje del globo terráqueo que lo ilustra.

De todos modos, el desasosiego debe ser también mundial: el único mensaje del sitio de Ruberto es: “Pronto!!!”.

Así que hay que leer, del otro lado,  el editorial para enterarse del pensamiento del guía de la gran gesta. En una excepcional muestra de humildad, el funcionario dice allí que “una de las decisiones más importantes que el intendente ha tomado en este sentido (se refiere a las políticas sociales) ha sido la de encaminar gran parte de las acciones hacia el área por mí conducida”.

Estuvo excelente Isa al elegir a Ruberto, en especial por “el cariño inclaudicable que sentimos hacia el vecino”, tal como hace alarde un párrafo abajo, y porque, además, está dispuesto a cumplir sus objetivos “cueste lo que cueste, más allá del esfuerzo imaginable”.

El vecino puede quedar pasmado ante semejantes declaraciones. Tanto lo quiere este funcionario, parece, que está dispuesto a utilizar los fondos municipales, hayan costado lo que hayan costado a los contribuyentes, para publicar esta revista que sólo con un esfuerzo inimaginable puede leerse sin una mezcla de pena, risa e indignación.

Pero el hombre se ríe en la contratapa, como satisfecho de lo que acaba de publicar, a costa de sus queridos vecinos. Se ha hecho poner de nuevo una aureola en torno a su figura: debe estar convencido de que ha recibido una misión divina.  De nuevo la bandera salteña, los rojos y los negros: también ha de creer que encarna el destino de la tierra. Y otra vez su nombre, repetido ya hasta el hartazgo.

¿Esto nos merecíamos los salteños?

 

 


La revolución de Chávez ya llega a los medios

thpmMartes30pm, 22 26UTC 06pm072007 26UTC 2007

Si,  aprendices de revolucionarios bolivarianos, sacáramos todas las conclusiones de las afirmaciones de Diego Olivera en su  artículo “El control de los monopolios empresariales” publicado en Saltalibre  tendríamos mucho por hacer en Argentina:  por empezar, solicitarle al presidente Kirchner que clausure el diario La Nación, uno de los “grandes grupos argentinos” de “propiedad de Matilde Noble Mitre de Saguier en un 66%” y en un “10% de Bartolomé Mitre”.

Deberíamos también, con el simple argumento de que “todas las naciones del mundo regulan, de una u otra manera, las concesiones para radios y televisoras”, solicitarle a nuestros bolivarianos argentinos que retiren la licencia de “la poderosa cadena de Telefé, … controlada por Editorial Atlántida del Grupo de la familia Vigil y por New Corporation del empresario australiano Rupert Murdoch”.

Todavía, sin embargo,  restaría pedir castigos “al Grupo del diario Clarín, con inversiones en los países vecinos, encabezado Ernestina Herrera de Noble, Hector Horacio Magnetto, José Antonio Aranda y Lucio Rafael Pagliaro, y el 18% restante en manos del banco de inversión estadounidense Goldman Sachs”.

No importa que no estén por caducar sus licencias como RCTVE o que sean simplemente diarios que no las necesiten: contra todos esos medios se puede levantar el acta de acusación más contundente: se dedican a lucrar –espantoso verbo- y a difundir mensajes “bastante alejados de los intereses de los pueblos”.

Es posible que, si el gobierno argentino termina emulando a su admirado comandante Hugo Chávez,  los propietarios de los grandes medios comiencen a “reclamar por la libertad de prensa”. Se equivocarán de medio a medio: ya sin La Nación, sin Clarín, sin Telefé, pero también sin El País (del grupo PRISA),  sin Televisa, sin los medios de la red O’Globo – quedará  bien resguardado el derecho a la información de los latinoamericanos.

En Venezuela, claro está, ya lo garantiza el comandante: sus cada vez más extensos y destemplados discursos, su “Aló presidente”, rodeado de funcionarios puestos ahí para asentir y aplaudir las palabras de su jefe, brindan toda la información que necesita –y nada más que la que necesita- el pueblo venezolano.

Ya sabemos que cuando un comandante o un general –tanto da  el grado como que lleve bigote, barba o prefiera rasurarse- echa su discurso, hay que hacer silencio.  Y que como el general o el comandante no puede rebajarse diciendo “chist”,  ahí estarán los cabos y los sargentos amenazando con el “salto rana mar..” para que la tropa escuche atenta. El general, digo el comandante, siempre habla y hablará por treinta años más los mensajes que le interesan a los pueblos.

De todos modos, no hace falta tener un coraje especial para denunciar los “monopolios” de la información; hacerlo aquí en Salta no genera riesgo alguno y, en cambio, puede cubrir al que lo hace de cierto prestigio de progresista y posibilitar algunos pesos bolivarianos para estudiar en Caracas lo que hace la dictadura de los medios.

Dictadura algo insólita en Venezuela pues, pese a sus continuas operaciones de lavado de cerebro no ha conseguido evitar que el comandante se alce –elección tras elección- con más del 60% de los votos y sueñe ahora quedarse indefinidamente en el poder. Dictadura, de todos modos, que ha conseguido engañar al 40% de los venezolanos que no han apoyado a Chávez y que aún están colonizados mentalmente por el imperialismo yanqui. Ya se sabe lo que hay que hacer con ellos…(con los medios)

Llegará entonces el momento en que todos escucharán la voz del comandante, todos se afiliarán a su Partido Socialista Uniformado, digo Unificado, todos pensarán uniformemente, todos gritarán contra el imperio, todos votarán por Chávez, todos vestirán camisolas coloradas. En esto parecen haber acabado las románticas utopías de Galeano.

Todo serán soldados entonces, pero también un poco monjes pues nadie se dedicará a obtener lucro, en especial los medios que ya no ganarán dinero con  avisos de empresas privadas. Por el contrario, en adelante sólo recibirán avisos del gobierno. Se verá entonces qué libre será la opinión de esos medios dependientes de la generosidad del comandante.

“Aquellos cuyo pan está asegurado y que no viven del favor de los hombres que están en el poder, ni de ninguna corporación, ni del público, ésos no tienen nada que temer de una franca declaración de sus opiniones, si no es el ser maltratados en el pensamiento y con la palabra, y para esto no les es necesario gran heroísmo”.

La cita es del libro “Sobre la libertad” de John Stuart Mill, pero, viniendo de quien viene, hay que tomarla con mucho cuidado. Es posible haya dejado escrito ese pensamiento para reforzar el imperialismo anglo americano y someter a los pueblos latinoamericanos.

Por eso Chávez, habiendo tomado debida nota, hará lo contrario: los medios vivirán del favor de los hombres que están en el poder y en esas condiciones emitirán sus opiniones: a eso se le llamará en adelante “extensión de la libertad de expresión”.*

Subsidiados, becados, pagados, ayudados, solventados, asegurados por los dólares de Chávez,  por fin los medios podrán emitir mensajes concordantes con los intereses de los pueblos, y se liberarán de la influencia de la CNN y compañía. Tal la revolución socialista impulsada por el general, qué digo, el comandante.

 

 

 

  * ¿Porqué entonces protestar contra la práctica del gobierno provincial de saturar a los medios con avisos oficiales para que difundan “el orgullo de haber nacido en esta tierra”, el amor por la salteñidad y el recelo contra el puerto?

  


El eterno retorno de los candidatos

thpmMartes30pm, 22 26UTC 06pm072007 26UTC 2007

Habría, según ellos, no sólo que votarlos, sino solicitarles y hasta suplicarles que se queden:

Que se quede el gobernador, ahora con título de senador. Que se quede, apadrinado, el vicegobernador, con chapa de gobernador. Que se quede, atado a su banca, el diputado. Que se quede, muy leal, el intendente.

¡Que se queden todos!

Y que a nadie se le ocurra, irresponsablemente, invocar la palabra cambio. Desde ahora y hasta octubre con esas seis letras sólo se llamará a la traición, a la inexperiencia, a la confusión, al desorden, a la ignorancia, a la catástrofe, a la inestabilidad y a la inseguridad. Quienes la evoquen estarán abriendo, culpablemente, la caja de Pandora: allí dentro espera, como un fantasma, la peor de las Saltas posibles.

La palabra cambio sólo es admitida cuando no corre riesgo su permanencia en el poder. No bien tengan el cargo asegurado, el cambio volverá a ser deseable para los salteños.

Pero no nos apresuremos y vamos por partes. Los desleales, los traidores, los ingenuos, los inexpertos y los fracasados acechan. Es el tiempo de la prudencia. Por ahora, y hasta octubre, las palabras fetiche son Experiencia y Estabilidad. El mensaje es claro: son ellos quienes tienen experiencia, son por tanto, ellos quienes deberían estabilizarse en el poder.

Si desde hace más de una década ocupan el la banca o el sillón, deberían seguir ocupándolo por cuatro años más. Pero dentro de cuatro años el razonamiento deberá ser el mismo: nosotros tenemos experiencia, nosotros debemos quedarnos en el poder. Después de todo, Salta es la tierra de la tradición y estamos orgullos de que así lo sea.

Como a Melquisedec, habría que cantarles: ustedes son funcionarios para siempre, mediadores entre el Orden y los salteños.

Porque la ruptura de esa cadena mítica romperá con el orden de los salteños. En ese caso, nada ya estará sujeto y flotaremos en la nada, peor aún, en el caos, como en aquel tiempo primordial, mítico, en donde el Orden todavía no se había impuesto al Desorden.

Ahora no bien se invocan las nuevas y sagradas palabras de la Experiencia y la Estabilidad, desciende sobre nosotros, como una blanca paloma, la mejor de las Saltas posibles: y con ella la armonía, la tradición, el orgullo, la salteñidad, el trabajo, la lealtad, la seguridad y la acreditación en el cajero a fin de mes.

La Experiencia y la Estabilidad también tendrán, hasta octubre, una connotación inaugural: al paso de sus candidatos taumaturgos, las cintas se cortarán, las luces de las calles se encenderán, las calles se pavimentarán, los puentes se abrirán, los conflictos se resolverán y los salteños volverán a sentirse orgullosos de ser salteños al ritmo de una canción del Chaqueño.

Alguna vez lo aprenderemos. Esta sociedad no es nada sin ellos y tal vez la democracia, ese trámite electoral obligatorio, sea sólo una oportunidad cíclica para que lo recuerde.

Cada cuatro años, en efecto, los salteños sólo tenemos dos opciones: seguir bajo la protección de su autoridad mítica que le garantiza la armonía o aventurarnos con los arribistas, los inexpertos, los fracasados o los traidores.

Cada cuatro años, la sociedad no tiene tanto la oportunidad de ejercer el derecho cívico de elegir a sus gobernantes y a sus legisladores, como la de renovar sus votos de agradecimiento a quienes le dieron todo.

Cada cuatro años, debe elegir entre la seguridad de la lealtad y la ignominia de la traición.


El papel de la palabra

thpmMartes30pm, 22 26UTC 06pm072007 26UTC 2007

  Una revista cultural –la “Ñ”, de Clarín- titulaba el año pasado en una edición en homenaje al periodista Rodolfo Walsh algo así como “Palabras como tiros”. La metáfora, a mi juicio,  era desafortunada y sólo se justificaba por una especie de mitificación de la violencia en política. Si una metáfora descubre alguna relación entre dos objetos ¿Qué hay de común entre una palabra y un tiro?

 

  Sabemos, sin embargo,  que  hay palabras que tienen el exclusivo objetivo de quitarle el uso de la palabra –la palabra pública- al adversario.

  La “amenaza” –argumento de la fuerza-  y el argumento contra el hombre- son dos formas de coartar el uso la palabra de aquellos a quienes está dirigido el ataque.

  Si la amenaza tiene efecto, entonces la sociedad –aunque no lo note, o no se escandalice por ello- retrocede siglos, se convierte en un campo de batalla en donde los objetivos políticos sólo se logran por medio de  la fuerza o al menos por  la exhibición de una fuerza real o ficticia.

  En su libro Marta Ibáñez nos describe una sociedad violenta, la salteña del momento de la dictadura.

 

 “Es probable –dice la autora de “Enclaves político culturales en un periódico independiente”- que en Salta los debates entre los intelectuales no tomaran estado público ni trascendieran por restricciones de diversa índole –sociales, culturales, la falta de un medio para la difusión, la (auto)censura-, pero también porque el Proceso Militar sacude a un campo intelectual que estaba en expansión y donde se estaban consolidando abiertamente identidades políticas de signo diferente a las que habían dominado en una sociedad con residuos feudalistas y oligárquicos”.

 

  No había  debate durante el Proceso  porque en Salta –como en el resto de la Argentina-  la política se hacía fundamentalmente mediante el ejercicio de la violencia. Marta Ibañez describe esa violencia: la expulsión o denuncia de docentes, la desaparición de libros de la Biblioteca de Humanidades, la explosión de una bomba que forzó la salida del entonces rector, Holver Martínez Borelli  y, fuera del ámbito exclusivamente universitario, la desaparición de Miguel Ragone poco antes del golpe,  la masacre de Palomitas, luego.

  Cuando los tiros arrecian, se acaban las palabras, se cierran  los debates.

 

   No hay debates públicos en una sociedad en la que  predominen los feudos, las estratificaciones inconmovibles, los intereses de facciones, grupos estos que ven, en la libre expresión del pensamiento  y en el debate público de las ideas un primer e inaceptable cuestionamiento a la sociedad desigual de la que se benefician.

 

   Hay debates públicos cuando en una sociedad predomina la idea de que hay intereses comunes, no los hay cuando una sociedad se percibe dividida en castas irreductiblemente diferentes entre sí.

   El debate público tiende a democratizar la sociedad: a hacer percibir a sus integrantes que son, fundamentalmente, iguales.

 

   La descripción de  la violencia durante la dictadura militar sirve a Marta Ibáñez para resaltar la singularidad de una revista como Claves que, tras una década de gobiernos constitucionales, “forma y consolida una cultura política”.

 

  En su libro, el término política designa, según su propia definición “un espacio de intercambios discursivos donde los actores sociales que comparten un mismo horizonte de vivencias históricas, culturales pueden, transformar, influir, condicionar, ratificar a través del uso del lenguaje sus opiniones, expectativas, visiones”

  Política no elude, según lo define Ibañez, “el empleo del término como denominación de las ideologías partidistas o históricas”.

 

  En realidad, además de definir el término política, lo que Ibáñez está haciendo allí  es la descripción de lo que, a su juicio, hizo Claves durante el período que estudió.

   Para Marta Ibáñez, la revista fue un espacio en donde escritores, académicos, periodistas, que compartían un mismo horizonte cultural,  buscaron, mediante el ejercicio de la palabra, cambiar opiniones, expectativas de los miembros de la sociedad en que vivían.

    Si, como acertadamente Marta dice,  Claves formó una cultura política en Salta, no fue primeramente gracias a los contenidos de los artículos que publicaba, sino al hecho de haber generado un espacio y haber dado a muchos “interesados” en las cuestiones comunes la oportunidad de pensar y expresar su palabra.

  Me cuento, ocasionalmente,  entre uno de ellos.

 

   Incentivado por la lectura del libro uno se pregunta ¿cómo puede funcionar una sociedad si sus miembros no tienen el más mínimo deseo de pensar y debatir sobre cuestiones comunes? En tiempos democráticos como el que vivimos, lo más grave no son tanto las ocasionales censuras que puede ejercer un poder, sino el desinterés de los ciudadanos  por pensar y debatir.

 

En palabras de Marta Ibáñez, “la historia nos ha enseñado que el monocultivo empobrece hombres y tierras: la expoliación del pensamiento estrecha los horizontes de la cultura y despoja a los sujetos que la habitan de la capacidad más preciada: la libertad de pensar y de elegir, el desarrollo de una conciencia de su tiempo”.

 

  Agrego personalmente algo más: si bien es cierto que una sociedad desigual y estratificada puede ver en la libertad de pensamiento y en el debate público de ideas una amenaza a los privilegios, también es cierto que en una sociedad hipotéticamente igual  la libertad de pensamiento y de debate no son lujos prescindibles. No es lo mismo sociedad igual que despotismo. Tocqueville decía: la prensa es el instrumento democrático de la libertad.

 

   Dice también la autora de “En-claves políticos cultuales de un periódico independiente”, que la cultura política de la revista no excluye una postura ideológica partidaria o histórica.

    Creo que también Pedro González diría que aún no está del todo claro si la orientación peronista de la revista es una virtud  o… un defecto.

     Pero,  a pesar de una orientación tan explícita, Marta Ibáñez afirma que “una de las apuestas fundamentales del periódico consiste en la polifonía ideológica de los actores sociales que, desde diferentes prácticas sociales, fueron dibujando el rostro o los rostros de la Salta de los ´90, y en la pluralidad textual que apunta a la formación de una conciencia histórica”.

 

    Algún comentario al respecto. Por un lado una orientación política explícita es cosa que hay que reconocer: no es primariamente ni una virtud ni un defecto. Es algo necesario. Ya algunos estamos prescindiendo de los partidos para hacer política, no podemos cometer la locura de prescindir también, en nombre del pragmatismo,  de las ideas políticas.

   Una revista que dice cuáles son sus ideas políticas, pero que no se circunscribe a un exclusivo círculo de lectores partidarios está, efectivamente, fomentando una cultura política abierta, no facciosa, que ve en la diversidad –en este caso diversidad política, diversidad de ideas- no un peligro, sino una riqueza.

   Por otro lado, tomada una posición política, una revista como Claves, puede y creo que debe, abrirse a ideas y perspectivas diferentes que las propias. Esto no debería ser una adhesión abstracta a la apertura, sino un convencimiento de que incluso las posturas más firmes, más profundas de un medio, son estériles e insignificantes si no se contrastan, si no se comparan, con otras que circulen en la sociedad en la que se publica esa revista.

 

  Debe haber pocas cosas tan desalentadoras que un predicador solitario en una plaza pública. O un candidato echando su discurso ante un auditorio contratado para responder sólo con aclamaciones.

  Como cuando para hacer un fuego el hombre primitivo hacía rozar dos piedras, para que una idea tenga chispa, para que sea efectiva –y que no sea la exposición vana de un intelectual ni el monólogo de un político-, necesita rozarse con otras.

 

  Por otro lado,  es utópico pensar en la apertura total de un medio. Lo veamos desde el punto de vista de un lector. Los textos que lee en Claves son significativos en la medida en que, por un lado, expresan una posición política,  y por otro están abiertos a otras ideas no necesariamente subordinadas a ese ideario político.

  Sin embargo, ese lector encontraría ininteligible un medio que publique todos los artículos que le llegan, sin aplicar algún criterio de selección, tarea que, obviamente, significa exclusiones.

 

   El hecho de que Claves continúe siendo leída por muchísimos salteños después de más de una década de su aparición significa que la revista ha hecho una fructífera combinación de ideas políticas propias  y de apertura.

 

  Por otro lado es significativo que Marta Ibáñez haya encontrado el tema polémico de la tradición uno de los núcleos que el  periódico pone al descubierto no sólo en el ámbito literario.

  No sólo en el ámbito literario, sino también en el ámbito político, agregaría yo.

  La tradición se ha transformado en un concepto político, en una provincia donde, como describe muy bien la autora, “el gaucho salteño ha sido investido de un carácter ejemplar y se erige en modelo de identificación, depositario de la quintaesencia de lo salteño”,.

 

   No se puede formar una cultura política en Salta, si no se toma a la tradición y a las tradiciones como objeto de pensamiento, de reflexión, de debate.

   Un concepto restringido de la tradición tiende a hacer pensar a los salteños que “su” cultura tiene una raíz local, provinciana, y que lo que viene de un hipotético “afuera” es un añadido prescindible. La lectura de Claves tiende a hacer pensar al salteño, por el contrario, que “su” cultura es una herencia universal, que incluye, obviamente la tradición regional. No hay  en Claves, como lo sugiere Marta Ibáñez, una separación entre cultura salteña y una cultura universal.

 

   Por otro lado, el culto a la tradición ha sobre dimensionado el sentimiento del orgullo y la actitud de la lealtad, con lo que se tiende a acallar la actitud crítica. ¿Y qué cultura política puede formarse sin distanciamiento, sin crítica?

    Este culto a la Tradición asoció en Salta la idea de obras culturales con la de  monumento. Muchos salteños, por ejemplo, aspiramos a escribir un libro monumento, para “la memoria y el tiempo” como diría el personaje de un cuento de Borges. La “obra monumento” es aquella que sólo recibe culto, y que no está sometida a la crítica.

     El hecho de que Marta Ibáñez haya elegido como objeto de su reflexión una revista publicada en papel cada mes, nos está diciendo que la cultura no se construye tanto con libros monumento, con sonetos cincelados sobre el mármol, como quería ese personaje borgiano, sino con periódicos que, además de ejercer la crítica, están a si vez sometidos a la crítica.

   No es el elogio, la alabanza, lo que hace que un artículo, o una selección de artículos perduren en el tiempo, sino el hecho de ser leídos, pensados, juzgados, incluso descartados: esa tarea cotidiana que no tiene escenarios es fundamental para hacer cultura.

 

  Una ciudad crece cuando aumenta el número de sus voces, cuanto más se intercambian esas voces. Con esta “literatura menor” como se le ha llamado a los textos periodísticos, no destinada a una consagración canónica, sino a la mundana lectura y crítica, se construye una sociedad democrática. No tanto con las obras de grandes sabios destinadas a la veneración: este es el espacio que Marta Ibáñez ha visto en Claves.

 

   Este libro se publica en momentos en que en la provincia se ha largado una campaña electoral en la que, otra vez, parece que asistiremos al pobre espectáculo de discursos lanzados  por parte de candidatos que no tienen tanto la intención de expresar ideas, ni mucho menos de debatirlas, sino la explícita intención de demonizar, descalificar a un enemigo.

   La constancia, la persistencia de un medio cultural como Claves nos dice que, más acá de esos discursos de barricada, existe un incipiente debate en Salta sobre las cuestiones públicas que no está determinado por las urgencias electorales y que, por tanto, utiliza la palabra no para destruir a un tercero, sino para incluirlo en un debate que no puede cerrarse nunca.

   “En-Claves Politicos culturales en un periódico independiente”  nos dice que nos hizo falta Claves y nos seguirá haciendo falta. Pero nos dice también que nos hacen falta más revistas que, aunque tengan explícitas  y distintas posturas políticas, sean lo suficientemente abiertas para hacer rozar sus palabras con la de otros.

   Nos hacen falta también libros como “Enclaves políticos culturales” para seguir dándonos cuenta que una sociedad democrática sólo se construye con esa tarea de leer, pensar, opinar, escribir y debatir.


Pensamientos humanos en el cerro de los milagros

thpmMartes30pm, 22 26UTC 06pm072007 26UTC 2007

  El rosario en la cima del “cerro de la Virgen” terminó pidiendo a San Miguel Arcángel –jefe de los ejércitos celestiales- que envíe al infierno a Satanás y a todos los espíritus malignos. La súplica frustró las pocas expectativas que tenía de encontrar allí un poco de tranquilidad. Peor aún, ni siquiera podría bajar a la ciudad con cierta serenidad, pues allí Lucifer y sus demonios andan  sueltos y -no ya por creerlo, sino tan sólo de sospecharlo- no quedaría otra alternativa que subir ritualmente a practicar el exorcismo.

  Había subido porque, se sabe,  el brindis ya no alcanza para terminar un año y encarar el próximo. Un caos político en la Rosada, un tsunami en Indonesia, un Cromagnon en el Once o, la fuga de un asesino de niños de la cárcel de Villa Las Rosas han hecho nimios los buenos deseos de rigor.

  Hacia el final de 2006 ya teníamos una  execrable ejecución en Irak,  una bomba de ETA en Madrid, la desaparición de un testigo en Escobar y, al filo de la medianoche, un dantesco (aquí sí, dantesco) incendio en el centro de la ciudad: “Éramos  pocos” –pensaba mientras bajaba apurado del cerro- “éramos pocos y parió el demonio”.

  No sólo el atávico temor que despierta el fin de año había sido el motivo de mi ascenso, también un librito que encontré en el estante de autoayuda de una librería: “Bendita tú eres” (Ateneo, Bs. As, 2005) escrito por el periodista “especializado en la Virgen”,  Víctor Sueiro, y su ángel de la guarda.

   Librito –así lo califica humildemente su autor- un tanto incómodo de leer, pues en el clímax de sus emociones,  el autor revela una relación amorosa con el lector: “ustedes que palpan estos papeles de este lado, acariciando meses de mi trabajo, y yo que aporreo el teclado de este otro, acariciándolos a ustedes… Los amo, no sé si se los dije. Ni siquiera sé si lo merecen, pero los amo” (p. 249).

   Es mejor que este lector –que, valga la aclaración, nunca palpó los papeles de Sueiro- no merezca su amor, tal vez de ese modo pueda evitar sus caricias. Pero sus confesiones sentimentales se expresan en el mismo tono con que se refiere a las apariciones de la Virgen del Cerro, de las que se convierte en apologista: melifluo hasta el relajamiento, florido,  sentimental y anti racional.

    Este humilde “gerente del marketing de Dios”, como también gusta presentarse, escribió el librito “dejando en claro” que no tiene autoridad para avalar milagros “ni hechos tan plenos de misterio”, pero lanzando un desafío final, como si fuera su más perfecta estocada a los incrédulos: “¿Hay alguien en la vereda de enfrente que tenga autoridad para negarlos?”.

   Y es cierto.  ¿Cómo negar que una Virgen sube y baja en la cima de un cerro, que el  sol danza al mediodía, que caen lluvias de rocío en plena canícula de diciembre, y que en la seca y polvareda de agosto hay ráfagas de perfumes de nardos? (perdón, ¿a qué huele el nardo?) Cómo negarlos, cuando lo más  asombroso de todo es que una persona puede percibirlos y otra que está a su lado, no, según el mensaje oficial.

   ¡Es cierto! Ni un monseñor, ni un mitrado, puede negar esos fenómenos. Ni un científico, ni un filósofo, ni un periodista, ni un historiador. Ni nadie. Acabo de ver con mis propios ojos y escuchar con mis oídos a San Miguel Arcángel bajar del cielo y nombrarme capitán general de sus ejércitos en la tierra. ¿Tendrá Sueiro o algún obispo autoridad para negármelo?

     Así que callar sobre esos fenómenos  y mejor hablar sobre los mensajes.

      “Al día siguiente, tuve una charla con María Livia –cuenta en el librito una mujer entrevistada por Sueiro-  y ella me dijo que había dos cosas que yo tenía que diferenciar. Me dijo: “Una cosa es la inteligencia y otra la sabiduría. La inteligencia es algo que viene de la razón y, si uno vive solamente en base a esa razón, eso es obra de satanás, y la sabiduría viene del corazón, y eso es obra de Dios”. (p.241)

     Mensaje no de la Virgen, sino bastante humano, que desde hace siglos ha dividido el mundo –peor aún, las sociedades- en dos, como están divididos los espíritus de Sueiro: en el cielo están los ángeles que miman y cuidan a nuestro humilde escritor y enfrente los espíritus malignos que combate la espalda del arcángel.

    Un poco más abajo están de un lado, los sacerdotes que reconocen las apariciones de la Virgen, y del otro los sacerdotes apóstatas. Es que la hora de la gran apostasía ha llegado (p.268).

 Y aquí en la tierra y en este rincón están aquellos hombres que se inspiran en el corazón y son obra de Dios y en este otro rincón los hombres que solamente se guían por la razón y son obra de Satanás.

    El mundo se convierte así en el escenario de un combate entre dos principios irreconciliables, en el ring de una perpetua lucha apocalíptica, en donde la victoria final del bien –victoria siempre postergada, como la condena del éxito argentino sentenciada por Duhalde- está  precedida por grandes turbaciones y tribulaciones causadas por el mal.

     ¿Cómo sentir paz escuchando esos mensajes, aunque te digan y te repitan que Argentina o Salta –tierra escogida, e inundada de luz según se canta en la cima- estará a salvo por las apariciones de San Nicolás o de Tres Cerritos, mientras afuera el mundo  arde en llamas?

       Pero, justamente, no hay que pensar, no hay que usar la inteligencia –preferido instrumento del demonio-, sino abandonarse al sentimiento, como lo hace Sueiro en su librito. “Si locura es eso -dice refiriéndose a las visiones y los mensajes de la vidente- creo que es una pérdida de tiempo estar cuerdo” (p.277)

 A meditar con el corazón, -no a tener la cordura de pensar en los problemas que nos toca vivir a diario-, se invita en la cima. El uso de la razón y del intelecto sólo corre por cuenta de quienes organizan la actividad de la ermita.

  En efecto, todo está allí pensado, previsto, planificado y ordenado, desde el cartelito que le dice a un ya agotado caminante en mitad de la subida: “Vengan a mi los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré”, hasta las lavandas de los canteros cerca de la ermita. Desde las continuas apariciones de los servidores no bien se accede a la explanada, hasta la impostada voz de quienes hacen las lecturas.

    En el cerro de los milagros, todo está previamente escrito y dirigido. No bien se pone el primer pie en el cerro,  hay que seguir el sendero marcado. Abundan los mensajes que dicen lo hay que hacer y lo que hay que sentir. Ni una sola palabra espontánea se dice en el ritual del rosario: todo es leído del guión previamente establecido. Y cuando a un desprevenido devoto se le ocurre hacer un comentario en voz alta cerca de la ermita, un amable servidor aparecerá para llamarlo a silencio, lo mismo que cuando un desorientado se sale del camino establecido. “Por aquí no, señor, por allí, por favor”.

   Qué duda cabe, uno puede llegar a sentirse anímicamente bien en ese clima, como también puede sentirse bien mientras recorre los pasillos de hipermercado o la galería de un centro de compras, pensados y planificados por la mejor escuela de negocios del país.

   Y como en un centro de compras, en el cerro de los milagros también todo está filmado, registrado, cuantificado y hasta contabilizado: esa estampita que le acaban de entregar puede servir también para contar los miles de fieles (¿2875?, ¿3429? ¿4903?) que han subido ese sábado.

   A ninguno de ellos se le acepta unas monedas en donación, lo que es visto por un arrobado Sueiro como una prueba palmaria del desinterés de la obra. Visto de otro modo, sólo los que tienen mucha capacidad económica están habilitados para contribuir: pueden entregar unas decenas de hectáreas en el cerro, poner a disposición un puñado de 4×4 los sábados o donar unos potentes equipos de sonido. La viuda del templo no tendría dónde dejar sus céntimos.

   Con la ventaja para el gran benefactor de que la donación será vista como un hecho sobrenatural, como quiere ser visto todo lo que ha sido dispuesto en la cima. Desde el alambicado nombre que se le ha dado a la advocación, hasta los jardines flores que se  siembran en los canteros. Arriba es todo tan, pero tan sagrado, que se resiste a cualquier pensamiento y a cualquier crítica.

     Y ese es el mayor silencio que los impulsores de esta “obra” han conseguido hacer, no tanto el silencio al que llaman los servidores en la cima. El silencio de  una sociedad frente a un fenómeno que ha conseguido instalarse en Salta logrando que no se hable de él públicamente, a no ser en tono laudatorio como lo ha hecho Sueiro y, localmente, el diario El Tribuno. Silencio que es causa y consecuencia de que a este fenómeno no se le haya dado todavía una explicación humana, muy humana.